• ¿El progresismo nos está llevando a la derecha?

Fecha de Publicación: 23-10-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

Ningún lugar como América Latina refleja el fracaso del progresismo al cual se llama erróneamente izquierda.

La falsedad de esta denominación obliga a agregar un adjetivo a la descripción y hablamos de izquierda revolucionaria para oponerse a esa llamada izquierda que no lo es en realidad. ¿Cuál es la diferencia? Y es bastante clara. La izquierda debe ser anticapitalista o no es izquierda. Y el progresismo lo único que intenta es maquillar las aristas más agudas del capitalismo sin tocar su base estructural que es el propio sistema económico.

Probablemente la distorsión provenga del concepto que dominaba los años 70 frente a las numerosas dictaduras que gobernaban de facto en América Latina. En esos años se consideraba, no sin razón, que el progresismo era una suerte de camino coyuntural hacia un cambio revolucionario toda vez que la democratización que significaba producía las condiciones de libertad necesarias para el desarrollo de la lucha popular. Y sin duda era verdad. Pero esa realidad a cambiado. La falta de respuesta del progresismo a los problemas mas graves y profundos de la sociedad parece estar provocando un giro a la derecha. La insatisfacción de la sociedad se manifiesta con la ruptura de lo que supieron elegir en una suerte de búsqueda de un cambio rupturista que resulta, claro, fallido.

El capitalismo ha seguido logrando cambios estructurales que alejan cada vez mas a la sociedad de la justicia, la equidad, y la propia democracia como la conocíamos. Aún imperfecta, siempre era algo muy distante a las dictaduras que vivimos.

Esos cambios estructurales operan en la forma en que la sociedad produce sus bienes y sobre todo en el mundo del trabajo. Baste mencionar como ejemplo paradigmático que el partido gobernante en la Argentina se autodenomina “Libertario” cambiando el contenido mismo de las palabras. (Ver Por qué los algoritmos producen subjetividad: un análisis desde la psicología)

Allí es donde opera la batalla cultural que, habiendo existido siempre, hoy cuenta con herramientas mucho más eficientes que la trasforman en una poderosa maquinaria lavadora de cerebros. Hasta que esta maquinaria sea correctamente identificada por el pueblo, elabore sus métodos de resistencia y revierta sus efectos, pasará un buen tiempo.

Entre tanto, el progresismo deja de tener, si alguna vez lo tuvo, el sentido de un camino hacia cambios más profundos, para transformarse en un engaño que evoca antiguas esperanzas como una vieja “solución” a problemas nuevos.

Las dictaduras hoy no operan con tanques y fusiles. Operan sobre la base misma de la conciencia persuadiéndonos de un “sentido común” que, a la postre, resulta en una adhesión electoral contraria a los propios intereses. El sistema ha logrado transformar los mecanismos formales de la república en engranajes de su proyecto de dominación. Y nos dicen que vivimos en democracia. (Ver Elecciones: el golpe final a la democracia)

Por eso, el fraude electoral, ya no opera sobre el cambio de los resultados de la votación. Opera desde mucho antes de las elecciones determinando con algoritmos y propaganda subliminal sobre la propia decisión del voto. Ese es hoy el campo de batalla. Las subjetividades y la percepción que los individuos tienen de la realidad y hasta de si mismos.

El cuentapropismo, la meritocracia y toda esa parafernalia de propaganda hiper individualista, hace su trabajo y completa la operación sobre las subjetividades que se inició con la desaparición de la participación en la producción como hecho colectivo para transformarse en trabajo en negro, por cuenta propia o uberización. Más de la mitad de la sociedad vive de esa forma y los individuos se convencen de que su desgracia es culpa personal y su prosperidad mérito individual.

El cambio de verdad sólo aparecerá en el horizonte cuando sea revolucionario o no será