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No habrá holocausto nuclear, hay extinción de la solidaridad
La extinción de la humanidad no será por la desaparición de los humanos, con eso nos meten miedo, miedo funcional para extinguir la empatía.
Fecha de Publicación: 31-08-2026
Por Koly bader-FSN-Tucumán
La extinción de la humanidad no será por la desaparición de los humanos, con eso nos meten miedo, miedo funcional para extinguir la empatía.
No estamos frente a una crisis más del capitalismo: estamos ante una mutación brutal del poder. Un puñado de fortunas personales y corporativas crece a una velocidad obscena mientras los Estados nacionales —esas construcciones históricas que, con todas sus imperfecciones, intentaron ordenar la convivencia, limitar la violencia y sostener derechos— son vaciados, chantajeados o directamente desobedecidos. La ley internacional, que costó guerras, pactos, muertos, tribunales y décadas de diplomacia construir, está siendo tratada como un estorbo administrativo por quienes ya no se sienten ciudadanos de ningún país, sino propietarios del mundo.
Los datos ya no permiten la ingenuidad. Según Oxfam (1), desde 2020 las cinco personas más ricas del planeta más que duplicaron sus fortunas, pasando de 405.000 millones a 869.000 millones de dólares, a un ritmo equivalente a 14 millones de dólares por hora, mientras casi 5.000 millones de personas se empobrecieron. La misma investigación advierte que, si esta tendencia continúa, el mundo podría ver a su primer billonario en apenas una década, mientras la erradicación de la pobreza tardaría más de dos siglos. No es una desviación: es un sistema funcionando exactamente como fue diseñado para funcionar cuando se le quitan límites políticos, fiscales, laborales y morales.
El crecimiento fantástico de las riquezas privadas no es sólo una injusticia contable: es una amenaza existencial contra la democracia. Siete de cada diez de las corporaciones más grandes del mundo tienen como director ejecutivo o principal accionista a un multimillonario, y esas empresas concentran un valor superior al producto combinado de regiones enteras. Cuando una empresa puede presionar a gobiernos, eludir impuestos, condicionar legislaciones, capturar datos, controlar infraestructura, financiar campañas, imponer condiciones laborales y mover capitales más rápido de lo que un parlamento puede debatir una ley, ya no estamos hablando de economía: estamos hablando de soberanía secuestrada.
La evasión y la elusión fiscal global son una forma silenciosa de saqueo. UNCTAD (2) advirtió que los países en desarrollo pierden alrededor de 100.000 millones de dólares por año por prácticas de evasión y traslado artificial de beneficios de empresas multinacionales; otros estudios recientes estiman pérdidas globales por cientos de miles de millones. Ese dinero que desaparece en guaridas fiscales no es una abstracción: son hospitales que no se construyen, escuelas que se caen, jubilaciones pulverizadas, vacunas que no llegan, rutas que no se reparan, ciencia que se abandona y generaciones enteras condenadas a vivir bajo el dogma cruel de que “no hay recursos”. Recursos hay; lo que falta es obediencia de los poderosos a las reglas comunes. Es lo que nos pasa con el gobierno “libertario” apoyado por radicales, macristas y peronistas entregados a la ambición de sostener sus sillones sin importar el costo.
Mientras tanto, la militarización del planeta avanza como la sombra armada de esta desigualdad. SIPRI (3) registró que el gasto militar mundial alcanzó 2,718 billones de dólares en 2024, el nivel más alto de su serie, con una suba real del 9,4% en un solo año y diez años consecutivos de crecimiento. A esto se suma la carrera tecnológica por armas autónomas, inteligencia artificial militar, vigilancia masiva y sistemas capaces de decidir sobre la vida a distancia, sin rostro y sin duelo. La tecnología que podría liberar tiempo, curar enfermedades y reducir sufrimientos está siendo convertida, demasiadas veces, en una maquinaria para blindar privilegios y disciplinar sociedades.
Por eso el peligro no es únicamente que algunos países poderosos sometan a otros por la fuerza, ni que se normalicen bloqueos, invasiones, amenazas o sanciones como si fueran trámites geopolíticos. El peligro más profundo es que se consolide una desobediencia sistémica: Estados, corporaciones y élites actuando por fuera o por encima de la legislación internacional, seleccionando qué normas respetar, qué tribunales ignorar, qué pueblos castigar y qué derechos convertir en mercancía. Si la ley sólo obliga a los débiles, deja de ser ley y se transforma en decoración moral del dominio.
Las nuevas élites sueñan con búnkeres, ciudades privadas, colonias tecnológicas, plataformas sin patria y fortunas sin responsabilidad. Quieren los beneficios de la civilización sin pagar su costo; quieren trabajadores formados por sistemas educativos públicos, infraestructura estatal, seguridad jurídica, investigación financiada por generaciones enteras, pero rechazan el impuesto, la regulación, el límite y la obligación colectiva. Es la fantasía feudal del siglo XXI: señores digitales sobre territorios fragmentados, pueblos endeudados, democracias exhaustas y Estados reducidos a administradores de la escasez.
No habrá tal vez un holocausto nuclear, no porque falte violencia, sino porque esa violencia también podría alcanzarlos a ellos. Pero ya está en marcha otro holocausto: el de los derechos, el de la solidaridad, el de la empatía, el de la idea misma de comunidad política. Cada trabajador descartado, cada niño hambriento frente a balances récord, cada país asfixiado por deuda y fuga de capitales, cada norma internacional burlada por conveniencia, cada vida reducida a variable de mercado, empuja al mundo hacia una intemperie moral donde la convivencia pacífica deja de ser pacto y se convierte en recuerdo.
La historia enseña que ningún derecho cayó del cielo y que ningún poder cedió por bondad. Las jornadas obreras que conquistaron la jornada de ocho horas, las huelgas que arrancaron convenios colectivos, el New Deal que respondió a la Gran Depresión con intervención pública, empleo y seguridad social, el movimiento por los derechos civiles que enfrentó la segregación en Estados Unidos, la resistencia internacional contra el apartheid sudafricano y las Madres de Plaza de Mayo caminando en círculos frente al terror de Estado argentino prueban una misma verdad: cuando la injusticia se vuelve sistema, la solidaridad organizada se vuelve la única frontera real contra la barbarie. Cada una de esas luchas fue acusada de imposible, exagerada, peligrosa o subversiva antes de convertirse en memoria democrática de la humanidad.
La extinción de la empatía no llegará como un estallido: llegará como costumbre. Llegará cuando aceptemos que unos pocos acumulen más poder que naciones enteras; cuando nos resignemos a que la ley internacional sea papel mojado; cuando llamemos progreso a la concentración, eficiencia al despojo y libertad a la impunidad. Por eso este texto no puede terminar como una advertencia melancólica: debe terminar como un llamado. Hay que organizar la resistencia democrática contra la silenciosa pérdida de solidaridad. Hay que defender el impuesto justo, el trabajo digno, los derechos sociales, la cooperación entre pueblos, la ley internacional y la soberanía popular frente a los nuevos poderes feudales del dinero. Hay que nombrar al saqueo como saqueo, a la impunidad como impunidad y a la indiferencia como complicidad. No alcanza con indignarse: hay que desobedecer la resignación. Hay que volver a construir comunidad, disputar el sentido de la riqueza, exigir límites, recuperar lo común y luchar —en cada sindicato, escuela, barrio, universidad, parlamento, organización social y espacio público— para que la humanidad no sobreviva vacía de humanidad. O los pueblos recuperan el poder de poner límites, o seguiremos existiendo biológicamente mientras desaparece, pedazo a pedazo, todo aquello que nos hacía humanos.
- Oxfam es una confederación internacional de organizaciones no gubernamentales (ONG) que trabajan juntas en más de 90 países para combatir la pobreza, la injusticia y la desigualdad
- La UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, también conocida como ONU Comercio y Desarrollo) es el principal órgano de la Asamblea General de la ONU encargado de abordar los temas de comercio, inversión y desarrollo económico
- El SIPRI es el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Stockholm International Peace Research Institute), un centro independiente fundado en Suecia en 1966 que analiza los conflictos armados, el gasto militar y el comercio de armas en el mundo.