• Hay guerras y se preparan para mas

Fecha de Publicación: 17-08-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

Se ha desmantelado en los hechos la superestructura legal construida después de la segunda guerra mundial, el imperio norteamericano se enfrenta a su decadencia empujado por el ascenso de China y, en general, los centros de poder central como los países europeos (en especial Alemania) no atinan a encontrar un lugar en la nueva arquitectura mundial que no termina de nacer.

Estamos en el momento de destrucción del viejo orden sin verse aun con alguna claridad cual será finalmente la forma que adopte la organización del planeta en el futuro.

Por ahora la “solución Militar” parece ser la única herramienta a la que, en plena desesperación, acude tanto el imperio norteamericano como las elites dominantes en una suerte de “viejas soluciones” a problemas nuevos

Los ejemplos se acumulan. En Gaza, organismos de Naciones Unidas denunciaron evacuaciones forzadas, ataques sistemáticos contra civiles, hospitales y periodistas, y el posible uso de municiones prohibidas, entre ellas fósforo blanco; también advirtieron que muchas de esas conductas podrían constituir crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad o incluso actos vinculados al delito de genocidio. En Ucrania, la invasión rusa de 2022 significó una violación abierta de la Carta de las Naciones Unidas y del principio de integridad territorial, mientras la guerra derivó en ataques contra infraestructura civil, desplazamientos masivos y una escalada permanente de armamentos. En Yemen, Siria, Sudán, Myanmar y el Líbano se repite una misma lógica: bombardeos sobre población civil, bloqueo o manipulación de la ayuda humanitaria, uso de mercenarios, drones y armas suministradas por potencias externas, todo ello en contradicción con las normas básicas del derecho internacional humanitario.

El papel de Estados Unidos aparece como central en esta crisis. Washington invoca el derecho internacional cuando sirve a sus intereses estratégicos —por ejemplo, para condenar la invasión rusa de Ucrania—, pero lo relativiza o bloquea cuando sus aliados están involucrados. Su respaldo militar, diplomático y financiero a Israel, su historial de intervenciones o guerras en Irak, Afganistán, Siria y Libia, sus sanciones unilaterales y su presión sobre organismos internacionales muestran una conducta de doble rasero: exige reglas para sus adversarios, pero busca excepciones para sí mismo y para sus socios. Esta selectividad erosiona la legitimidad de la ONU, debilita los mecanismos de rendición de cuentas y transforma el derecho internacional en un instrumento subordinado a la correlación de fuerzas.

El armamentismo expresa esa misma decadencia. Según datos recientes del SIPRI, el gasto militar mundial superó los 2,7 billones de dólares en 2024 y volvió a crecer en 2025, con Europa como uno de los principales motores del aumento. Alemania, que durante décadas se presentó como potencia civil y exportadora, elevó de manera acelerada su presupuesto de defensa, creó fondos extraordinarios para modernizar la Bundeswehr y se ubicó entre los mayores gastadores militares del planeta. Polonia, los países bálticos, Francia, Reino Unido y los países nórdicos aceleran compras de tanques, misiles, aviones F-35, sistemas antiaéreos y drones. La OTAN empuja a sus miembros a elevar sus presupuestos, mientras la industria bélica estadounidense se beneficia de la dependencia europea en tecnología militar, municiones, inteligencia y sistemas de mando.

Así, la guerra deja de ser presentada como fracaso de la política y pasa a ser administrada como salida económica, industrial y geopolítica. Los Estados recortan derechos sociales, disciplinan a sus poblaciones en nombre de la “seguridad” y destinan recursos crecientes a la producción de muerte. Lo que aparece como defensa de la democracia o del orden internacional encubre, una reorganización violenta del mundo: bloques militares en expansión, economías orientadas al complejo industrial-militar y pueblos obligados a pagar, con ajuste y miedo, una crisis que no provocaron.