• Como se llama lo que estamos viviendo en el mundo

Fecha de Publicación: 15-08-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

La necesidad de renombrar lo que nos pasa surge, en buena medida, de una insuficiencia previa: no registrar con precisión qué es lo que ha cambiado. La pregunta decisiva no es solamente si ha cambiado el capitalismo, sino qué parte de su arquitectura se ha transformado: sus relaciones de producción, sus formas de acumulación, sus mecanismos de dominación política o la mediación tecnológica que reorganiza la vida social.

En documentos anteriores caracterizamos esta etapa como un momento del capitalismo en el que asoma una forma política que denominamos plutocracia. La caracterización fue acertada en tanto el capitalismo no aparece abolido, sino reconfigurado: sigue resolviendo sus crisis dentro de sus propios límites, desplazando costos sociales, concentrando riqueza y reorganizando el poder. En este sentido, resulta útil recordar la lectura de Nancy Fraser, para quien el capitalismo debe entenderse como un “orden social institucionalizado”, es decir, no solo como economía de mercado, sino como una totalidad que articula explotación, expropiación, reproducción social, naturaleza y poder político.

Por eso conviene distinguir entre tecnofeudalismo, tecnofascismo y plutocracia. Cuando se habla de tecnofeudalismo, como propone Yanis Varoufakis, se señala una mutación económica: las plataformas digitales ya no funcionarían como mercados competitivos clásicos, sino como feudos privados que cobran rentas por el acceso a la nube, a los datos y a la circulación social digital. Su tesis sostiene que el beneficio capitalista tradicional pierde centralidad frente a la renta de plataforma, y que los propietarios del “capital en la nube” adquieren una posición semejante a la de nuevos señores feudales. Esta lectura ilumina una dimensión real del presente: la subordinación de consumidores, trabajadores, empresas y Estados a infraestructuras digitales privadas.

Sin embargo, el concepto de tecnofeudalismo resulta insuficiente si se lo usa como explicación total. Al privilegiar la forma económica de la renta digital, corre el riesgo de dejar en segundo plano el dispositivo político que hace posible esa concentración: captura del Estado, debilitamiento democrático, disciplinamiento social, vigilancia algorítmica y colonización de la opinión pública. Allí aparece la noción de tecnofascismo. No designa simplemente el uso de tecnología por gobiernos autoritarios, sino una articulación más profunda entre concentración tecnológica, producción de subjetividades obedientes, manipulación informativa y erosión de los derechos colectivos. Shoshana Zuboff aporta una clave central al describir el “capitalismo de la vigilancia”: una arquitectura digital capaz de extraer datos de la conducta humana, convertirlos en predicción y orientar comportamientos en función del lucro y del poder.

La categoría de plutocracia permite integrar estas dimensiones. Si el tecnofeudalismo describe la forma económica de la renta digital y el tecnofascismo describe la deriva política autoritaria mediada por tecnología, la plutocracia nombra al sujeto histórico que articula ambas: el gobierno efectivo de la riqueza concentrada. No se trata solamente de que los ricos influyan en la política, sino de que el capital altamente concentrado —financiero, tecnológico y comunicacional— organiza las condiciones mismas de la decisión pública. La riqueza no es exterior al Estado: lo penetra, lo condiciona, lo financia, lo orienta y, en muchos casos, lo sustituye mediante plataformas, fundaciones, medios, consultoras, algoritmos y mercados financieros.

C. Wright Mills ya había advertido, en su análisis de la élite del poder, que las democracias modernas podían quedar subordinadas a la convergencia entre poder económico, poder político y poder militar. Esa advertencia adquiere hoy una nueva forma: el lugar que antes ocupaban grandes industrias, bancos y complejos estatales-militares se amplía con plataformas digitales, empresas de inteligencia artificial, corporaciones financieras globales y redes capaces de modelar la conversación pública. La plutocracia contemporánea no necesita presentarse siempre como dictadura abierta; puede operar bajo formas electorales, mediáticas y tecnológicas, conservando procedimientos democráticos mientras vacía su contenido popular.

Por esta razón, la nueva cara del capitalismo puede ser caracterizada como una plutocracia tecnológicamente mediada, con rasgos tecnofascistas y mecanismos semifeudales. Es fascista en tanto tiende a disciplinar, excluir, simplificar la política en enemigos internos y obediencias afectivas; es semifeudal en tanto organiza dependencias privadas sobre infraestructuras indispensables; y es capitalista porque su motor sigue siendo la acumulación, la concentración y la apropiación privada del excedente social. La tecnología financiera y digital no reemplaza al capital: lo vuelve más abstracto, más veloz, más opaco y más difícil de disputar democráticamente.

En consecuencia, no alcanza con elegir una etiqueta. El desafío teórico y político consiste en nombrar la totalidad del fenómeno sin perder sus diferencias internas. Tecnofeudalismo ayuda a comprender la renta digital; tecnofascismo ayuda a comprender el disciplinamiento político por medios tecnológicos; capitalismo de vigilancia ayuda a comprender la extracción y modulación de datos; plutocracia permite identificar quién gobierna realmente esta convergencia. Por eso sostenemos que la categoría más adecuada, aunque todavía imperfecta, es plutocracia tecnológica: una fase del capitalismo en la que la riqueza concentrada gobierna mediante finanzas, plataformas, datos y dispositivos de control social.

Reseña breve de autores citados

Yanis Varoufakis es economista y exministro de Finanzas de Grecia. Su tesis del tecnofeudalismo sostiene que las grandes plataformas digitales han desplazado parcialmente la lógica clásica del mercado por una lógica de rentas, feudos digitales y dependencia respecto del capital en la nube. Su aporte resulta útil para pensar la transformación económica de las plataformas, aunque requiere ser complementado con una teoría política del poder.

Shoshana Zuboff es socióloga y profesora emérita de Harvard Business School. En su concepto de capitalismo de la vigilancia analiza cómo las empresas digitales extraen datos de la conducta humana, los convierten en predicciones y los utilizan para orientar comportamientos. Su enfoque permite comprender la dimensión algorítmica y subjetiva del poder contemporáneo.

Nancy Fraser es filósofa política y teórica crítica. Su concepción ampliada del capitalismo como orden social institucionalizado permite evitar una mirada economicista: el capitalismo no es solo mercado, sino también una forma histórica que organiza Estado, reproducción social, naturaleza, subjetividad y dominación. Su aporte fortalece la idea de que la crisis actual es sistémica.

C. Wright Mills fue un sociólogo estadounidense conocido por su análisis de la élite del poder. Su obra ayuda a pensar cómo las democracias formales pueden quedar subordinadas a la convergencia de intereses económicos, políticos y militares. En el contexto actual, esa intuición se actualiza con la incorporación de corporaciones tecnológicas y financieras al centro de la decisión pública.