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¿Quién va primero: el trabajo o el capital?
Científicamente, el huevo fue primero. Los animales con reproducción ovípara (dinosaurios, reptiles y peces) ya ponían huevos millones de años antes de que apareciera la primera gallina moderna
Fecha de Publicación: 26-07-2026
Un debate que la inteligencia artificial vuelve a poner sobre la mesa
Por Koly Bader-FSN-Tucumán
Científicamente, el huevo fue primero. Los animales con reproducción ovípara (dinosaurios, reptiles y peces) ya ponían huevos con cáscara cientos de millones de años antes de que apareciera la primera gallina moderna. Incluso si hablamos específicamente de un huevo de gallina, una especie antecesora (un ave parecida a la gallina) puso un huevo con una pequeña mutación genética de la cual nació la primera gallina real.
Del mismo modo, durante siglos, economistas, filósofos y dirigentes políticos discutieron una pregunta aparentemente simple: ¿qué es primero, el trabajo o el capital? La respuesta ha cambiado según la época, pero el avance acelerado de la inteligencia artificial ha reabierto una discusión que parecía resuelta.
Para las corrientes clásicas de la economía, el trabajo ocupa el primer lugar. Adam Smith, considerado uno de los padres de la economía moderna, sostenía que la riqueza nace de la capacidad humana para producir bienes y servicios. Más tarde, Karl Marx profundizó esa idea al afirmar que el capital no es otra cosa que trabajo acumulado a lo largo del tiempo. En otras palabras, las fábricas, las herramientas y el dinero son el resultado de esfuerzos humanos realizados previamente.
Desde esta mirada, ninguna sociedad puede acumular riqueza sin que antes existan personas capaces de transformar los recursos de la naturaleza en bienes útiles. El trabajo aparece así como el punto de partida de toda actividad económica.
Sin embargo, la economía contemporánea ofrece una visión confusa. Hoy, trabajo y capital funcionan como socios inseparables dentro del proceso productivo capitalista. Una empresa necesita trabajadores para operar, pero también requiere inversiones, tecnología e infraestructura para crecer. En muchos casos, el capital incluso parece adelantarse al trabajo: una inversión puede crear una fábrica, financiar una startup o abrir nuevos mercados antes de que exista un solo puesto laboral. De todas formas, ese capital sigue siendo fruto de trabajo anterior acumulado.
Los defensores de esta perspectiva en el capitalismo real sostienen que la discusión ya no debería centrarse en cuál es más importante, sino en cómo ambos factores se complementan para generar crecimiento económico.
Más allá de los aspectos técnicos, existe también una dimensión ética. Diversas corrientes humanistas y sociales afirman que el trabajo debe tener prioridad porque representa a las personas, mientras que el capital constituye únicamente un instrumento fruto del trabajo de las personas. Bajo esta lógica, la economía debería organizarse para mejorar la vida de los seres humanos y no para maximizar la acumulación de riqueza como un fin en sí mismo, que es lo que pasa en el capitalismo moderno.
Pero el siglo XXI ha incorporado un nuevo actor a la discusión: la inteligencia artificial.
A diferencia de las máquinas de la revolución industrial, que reemplazaban principalmente esfuerzo físico, los sistemas de IA son capaces de realizar tareas intelectuales. Redactan textos, analizan datos, generan imágenes, programan y toman decisiones dentro de ciertos límites. Por primera vez, una forma de capital tecnológico puede ejecutar actividades que históricamente estuvieron reservadas al trabajo humano.
Este fenómeno plantea interrogantes profundos. Si una empresa puede aumentar su productividad mediante algoritmos en lugar de contratar más personal, ¿hacia dónde se dirigirá la riqueza generada? ¿Quién se beneficiará del incremento de productividad? ¿Y qué ocurrirá con los trabajadores cuyas tareas sean automatizadas?
Algunos especialistas consideran que la IA impulsará una nueva era de prosperidad y creará ocupaciones que hoy todavía no existen. Otros advierten sobre una posible concentración del poder económico en manos de quienes controlan los datos, los modelos y la infraestructura tecnológica .Algo que parece estar sucediendo ya que la producción y los beneficios económicos resultantes van a beneficiar los bolsillos de los capitalistas.
Lo cierto es que la vieja pregunta sigue vigente. Históricamente, el trabajo ha sido el origen del capital. En la economía actual, ambos dependen mutuamente. Sin embargo, la irrupción de la inteligencia artificial está modificando las reglas del juego y obliga a replantear una cuestión fundamental: en una economía donde las máquinas también pueden producir conocimiento, ¿seguirá siendo el trabajo el centro de la creación de valor? ¿Y…quien se apropia de ese valor?
Esa es una discusión que apenas comienza.
En mi concepto la IA, como lo es el capital, es la resultante del trabajo humano acumulado. Como dicen, no nació de un repollo. Y, siendo sus beneficios apropiados por los que antes se apropiaron del trabajo humano para formar el capital, la situación sigue siendo básicamente la misma sólo que ahora un trabajador produce hasta 10 veces más con el mismo salario. Resultado: El capital se apropia cada vez mas de trabajo humano en tiempo real y le suma la acumulación de trabajo histórico, por llamarlo de alguna manera.
Es como el huevo o la gallina. Primero fue el huevo, sin él no habría gallina. Sólo se ha producido un pequeño cambio genético.
En definitiva, la historia económica siempre avanzó impulsada por la tensión entre trabajo y capital, es decir, la lucha de clases. Pero por primera vez, una tecnología promete alterar esa relación de manera radical. La inteligencia artificial no solo está transformando cómo trabajamos: está obligando a redefinir qué significa trabajar. Y cuando una sociedad debe replantearse el valor mismo del trabajo, ya no se encuentra frente a un cambio tecnológico. Se encuentra frente a un cambio de época.