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La campaña contra Argentina y la realidad fabricada por los algoritmos
Te lo dijimos muchas veces en este espacio. Todos parecen despreciar la simpleza del dedo en el celular mirando cosas.
Fecha de Publicación: 23-07-2026
Por Koly Bader-FSN-Tucumán
Te lo dijimos muchas veces en este espacio. Todos parecen despreciar la simpleza del dedo en el celular mirando cosas. Pues en este caso en particular te podemos mostrar claramente el poder de los algoritmos y la urgencia de entenderlo como lo que es: Un mecanismo de creación de sentido común peligroso y altamente eficiente para los intereses económicos de siempre.
Durante el Mundial, la conversación digital alrededor de la Argentina volvió a demostrar una verdad incómoda: en las redes sociales, lo que parece opinión pública muchas veces es apenas el resultado visible de sistemas diseñados para premiar la indignación. La supuesta campaña antiargentina no puede explicarse solo por rivalidades futboleras; también expone el poder de los algoritmos para convertir el enojo en tendencia, el prejuicio en relato y una percepción repetida en una realidad aparente.
El fútbol siempre fue mucho más que un deporte. Cada Mundial concentra orgullo, frustración, memoria histórica, identidades nacionales y viejas disputas simbólicas. Por eso, cuando una selección gana, pierde o queda envuelta en una polémica, el debate rara vez se limita a lo que ocurrió dentro de la cancha. Sin embargo, lo nuevo no es la pasión ni la rivalidad: lo nuevo es la maquinaria digital que toma esas emociones, las clasifica, las amplifica y las convierte en combustible para sostener la atención de millones de usuarios.
En los últimos días circularon acusaciones contra la Selección Argentina vinculadas con supuestos favoritismos arbitrales, narrativas sobre racismo, videos descontextualizados y mensajes que presentaban al país como una especie de villano moral del torneo. Algunas verificaciones periodísticas señalaron que varias de esas afirmaciones carecían de pruebas o estaban basadas en interpretaciones exageradas de hechos aislados. Otras notas advirtieron que no está comprobada la existencia de una operación centralizada, aunque sí puede observarse una dinámica de amplificación: contenidos hostiles que se vuelven virales porque provocan reacción inmediata.
Ahí aparece el punto central: el algoritmo no necesita odiar a la Argentina para multiplicar el antiargentinismo. Le alcanza con detectar que ese contenido funciona. Si un video enoja, si un meme humilla, si una acusación divide, si una frase invita a responder con furia, la plataforma interpreta que hay interés. Y en el lenguaje de las redes, interés significa permanencia, clics, comentarios, compartidos y más tiempo de pantalla. El resultado es una paradoja brutal: cuanto más destructivo es un contenido para la conversación pública, más rentable puede volverse para el sistema que lo distribuye.
La investigación sobre redes sociales viene mostrando que los algoritmos basados en interacción tienden a favorecer contenidos emocionalmente intensos, especialmente aquellos que despiertan enojo, hostilidad hacia otros grupos o polarización. No porque una plataforma tenga una ideología explícita en cada caso, sino porque su lógica de negocio suele estar asociada a maximizar la participación. En ese ecosistema, el odio no es solo un sentimiento: es una señal de rendimiento.
Por eso, la sensación de una “campaña” puede surgir incluso cuando no existe una conducción única y visible. Miles de cuentas, creadores de contenido, hinchas, medios, influencers y oportunistas digitales pueden empujar una misma narrativa por razones distintas: rivalidad deportiva, resentimiento, búsqueda de audiencia, monetización, pertenencia tribal o simple deseo de participar en una ola viral. El algoritmo une esas motivaciones dispersas y las ordena como si fueran un movimiento compacto. Lo que era ruido empieza a parecer consenso. Lo que era exageración empieza a parecer evidencia. Lo que era una sucesión de posteos empieza a parecer realidad.
La Argentina, además, es un blanco particularmente eficaz para esta lógica. Es una selección campeona, con figuras globales, una historia futbolera intensa y una identidad nacional que suele ser leída desde afuera a través de estereotipos: soberbia, viveza, provocación, exceso de confianza. En el terreno emocional de un Mundial, esos rasgos se simplifican y se convierten en etiquetas fáciles de viralizar. El país deja de ser una sociedad compleja, contradictoria y diversa para transformarse en un personaje: “el arrogante”, “el favorecido”, “el tramposo”, “el racista”. La simplificación es la materia prima de la viralidad.
El problema es que la repetición digital produce efectos concretos. Cuando una misma acusación aparece una y otra vez en distintos formatos, idiomas y plataformas, muchos usuarios dejan de preguntarse si es verdadera y empiezan a asumir que “algo debe haber”. La frecuencia reemplaza a la prueba. La indignación reemplaza al análisis. La viralidad reemplaza al criterio. Así se simula una realidad que no necesariamente existe: no porque todos crean lo mismo, sino porque el entorno informativo hace parecer que todos lo creen.
Este mecanismo también afecta a quienes se sienten atacados. Del otro lado, los usuarios argentinos reaccionan, responden, citan, denuncian y comparten los mensajes hostiles para refutarlos. Pero al hacerlo, muchas veces terminan alimentando el mismo circuito que los perjudica: cada respuesta amplifica el contenido original, cada enojo confirma que el tema genera interacción, cada defensa contribuye a que la plataforma siga mostrando aquello que hiere. En redes, incluso la indignación justa puede convertirse en parte del negocio del odio.
Esto no significa negar errores, minimizar debates reales ni transformar toda crítica en conspiración. La selección, los jugadores, los hinchas y la propia sociedad argentina pueden y deben ser discutidos con seriedad. Pero una cosa es la crítica fundada y otra muy distinta es la construcción algorítmica de una condena colectiva. La primera exige datos, contexto y proporción. La segunda necesita apenas una emoción fuerte y una audiencia dispuesta a reaccionar.
La campaña antiargentina, real como clima digital aunque no necesariamente probada como operación organizada, deja una advertencia que excede al Mundial. Las sociedades actuales ya no solo disputan hechos; disputan percepciones administradas por sistemas opacos. Un algoritmo puede no inventar el odio, pero sí encontrarlo, empaquetarlo, jerarquizarlo y devolverlo multiplicado. Puede tomar una bronca marginal y convertirla en sensación dominante. Puede transformar un prejuicio en tendencia y una tendencia en sentido común.
Frente a eso, la respuesta no debería ser encerrarse en un nacionalismo defensivo ni creer que toda crítica externa forma parte de una conspiración. La respuesta debería ser más inteligente: verificar antes de compartir, no premiar el contenido diseñado para provocar, distinguir rivalidad de desinformación, exigir transparencia a las plataformas y recuperar una conversación pública menos dependiente del enojo.
Porque el verdadero poder de los algoritmos no está solamente en mostrarnos lo que queremos ver. Está en convencernos de que lo que vemos es el mundo entero. Y cuando ese mundo está construido sobre odio, burla y desconfianza, la realidad deja de ser una experiencia compartida para convertirse en una simulación rentable. El Mundial pasará, como pasan todos los torneos. Pero la pregunta quedará abierta: ¿cuántas de nuestras certezas nacen de lo que vivimos y cuántas de lo que una máquina decidió repetirnos hasta que pareció verdad?