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Superhéroes y Disney: la colonización cultural desde el entretenimiento
Fecha de Publicación: 18-07-2026
Compilación: Koly Bader-FSN-Tucumán
Hablamos mucho de la batalla cultural relacionada a los algoritmos. Pero, esa batalla comenzó hace muchos años y la historieta fué lo más efectivo de ella porque se dirigía a los niños en su edad de formación.
Durante décadas, las historietas creadas en Estados Unidos, los superhéroes de sus grandes editoriales y los personajes de Disney circularon por América Latina como productos aparentemente inocentes: relatos para niños, aventuras fantásticas, mundos coloridos y entretenimiento familiar. Sin embargo, detrás de esa apariencia lúdica también puede leerse una operación cultural más profunda. Estos relatos no solo divierten: transmiten valores, modelos de vida, jerarquías sociales, formas de consumo y visiones del mundo que muchas veces presentan a la cultura estadounidense como universal, deseable y superior.
La colonización cultural no necesita imponerse únicamente por la fuerza. También puede actuar mediante imágenes, canciones, marcas, personajes y narraciones que se naturalizan en la vida cotidiana. En ese sentido, la cultura de masas funciona como una forma de poder blando: conquista imaginarios, educa sensibilidades y orienta deseos. Las historietas importadas, los superhéroes y el universo Disney colaboraron con ese proceso al presentar determinados valores —individualismo, consumo, meritocracia, obediencia al orden establecido y admiración por el estilo de vida estadounidense— como si fueran valores universales.
El héroe estadounidense como modelo universal
Los superhéroes nacidos en Estados Unidos suelen presentarse como defensores de la justicia, la libertad y la humanidad. Pero esos conceptos aparecen frecuentemente asociados a símbolos, instituciones y formas de vida propias de ese país. La bandera, la ciudad moderna, la tecnología, la figura del policía, del empresario exitoso o del soldado heroico se convierten en signos de orden y progreso. Así, la salvación del mundo queda imaginariamente ligada a una potencia cultural específica.
Este tipo de narraciones desplaza a segundo plano otras formas de heroísmo posibles: las comunitarias, populares, indígenas, campesinas, obreras o latinoamericanas. El héroe deja de ser una construcción local para convertirse en una figura importada, con idioma, estética, moral y conflictos ajenos. De ese modo, muchos lectores aprenden a admirar como propio un imaginario que no surge de su historia inmediata, sino de los centros globales de producción cultural.
Disney y la pedagogía del consumo
El caso de Disney es especialmente significativo porque sus personajes ingresan tempranamente en la infancia. Mickey, Donald, Goofy, las princesas y otros personajes construyen mundos donde la felicidad suele asociarse al orden familiar, al éxito individual, al ascenso social y al consumo. La fantasía se vuelve inseparable de juguetes, películas, parques temáticos, ropa, útiles escolares y una industria global que transforma la imaginación infantil en mercado.
Autores como Ariel Dorfman y Armand Mattelart, en su célebre crítica a las historietas de Disney, señalaron que estas obras podían transmitir una visión del mundo donde las relaciones sociales, económicas y políticas aparecían deshistorizadas. Las riquezas parecían surgir de la aventura o del azar, no del trabajo ni de la explotación; los conflictos se resolvían sin cuestionar las estructuras de poder; y los pueblos no estadounidenses solían ser representados mediante estereotipos o exotismos.
La naturalización de valores ajenos
La colonización cultural opera cuando una sociedad comienza a mirar el mundo con categorías producidas por otra. En las historietas estadounidenses, la modernidad suele estar asociada a rascacielos, autos, laboratorios, grandes corporaciones y ciudades del norte global. Lo rural, lo latinoamericano o lo indígena, cuando aparecen, muchas veces son presentados como atraso, folclore, peligro o simple decoración exótica. Esa representación instala una jerarquía simbólica: lo propio parece menor; lo extranjero, más avanzado.
Además, estos productos culturales tienden a promover una idea individualista de la solución de los problemas. El superhéroe resuelve lo que las comunidades, los movimientos sociales o la organización colectiva no pueden resolver. Esto refuerza la noción de que el cambio depende de individuos excepcionales y no de procesos históricos compartidos. En sociedades atravesadas por desigualdades, esa idea puede debilitar la imaginación política colectiva.
Sin embargo, no conviene pensar al público latinoamericano como un receptor completamente pasivo. Las historietas importadas fueron traducidas, adaptadas, discutidas y muchas veces resignificadas por lectores, artistas y editoriales locales. En países como Argentina, México o Chile también existieron historietas propias que dialogaron, resistieron o parodiaron esos modelos. La colonización cultural no es un proceso mecánico: siempre encuentra mediaciones, apropiaciones y disputas.
Precisamente por eso, la crítica no debería limitarse a prohibir o rechazar todo producto extranjero, sino a desarrollar una lectura consciente. El problema no es que existan historietas estadounidenses o personajes de Disney, sino que se consuman como si fueran neutrales, naturales e inocentes. Leer críticamente significa preguntarse qué mundo representan, qué valores promueven, qué silencios producen y qué otras voces quedan afuera.
Las historietas creadas en Estados Unidos, sus superhéroes y los personajes de Disney colaboraron con la colonización cultural al instalar modelos de identidad, consumo y poder que favorecen la hegemonía simbólica estadounidense. A través de relatos entretenidos, personajes carismáticos y universos visuales atractivos, difundieron una forma particular de ver el mundo como si fuera universal. Frente a ello, la tarea no consiste en negar el placer del entretenimiento, sino en recuperar la capacidad crítica: leer, mirar y consumir sabiendo que toda historia también educa, y que toda fantasía puede llevar dentro una visión política de la realidad.