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Poesía
Fecha de Publicación: 05-07-2026
Manuel Scorza- Antes de la primera letra
Antes de la primera letra,
antes aún de la primera página,
yo escribí este libro.
Cuando era tan pequeño
que todo el dolor cabía en un verso;
después, temblando entre los años,
cuando yá no bastaban
todas las tardes de muchas vidas.
Tal vez cuando comprendí
que la vida era un remoto recuerdo de familia,
o cuando lavando el rostro padre
se me empapó la mano de tiniebla,
cuando la patria empezó a salírseme a borbotones,
ardió en mí la primera cólera.
Lentamente,
ruina a ruina,
muerto a muerto,
mi corazón cubrió la herrumbre,
más cuando llegó el día,
me bastó abrir el pecho
para que salieran mis muertos queridos:
Alejo, interminable amigo,
Adela, tan dulce
que al sonreír las calles eran fluviales,
Pedro Marca, hoy sin boca,
Mariano, creciendo solo en su celda,
Ramiro y su corazón azul de tanto golpe;
gente que amé desde la infancia,
¿dónde estaban? Rotos,
llovidos, gastados hasta la última hilacha.
Ay, todos navegaban por la muerte,
yo estaba encallado entre los vivos.
Entonces comprendí
que yo también moriría
si no alzaba en mis versos la vida que demolió el incendio,
y escribí estas canciones
para que en otras vidas ellos fueran inmortales,
y en alguna parte
volviera a crecer el tallo de sus risas rotas.
Manuel Scorza Nació en Lima, el 9 de setiembre de 1928. Comienza su formación académica en el Colegio Militar Leoncio Prado. En 1945 ingresa a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y es allí donde comienza su militancia en el APRA. Debe exiliarse en 1948, cuando se da el golpe de estado por el general Manuel Odría. Se establece en París, hasta su retorno en 1955.
En toda su obra se encuentran detalles, pinturas del Perú profundo, de los más vulnerables y sus luchas.
Fallece a los 55 años, el 27 de noviembre de 1983, en un accidente de aviación.
José Sbarra - Los pterodáctilos
1
En la era más estrambótica de la Tierra, los pterodáctilos fueron los únicos seres capaces de construir parejas absolutamente fieles.
En el caso de que muriese uno de los integrantes, el otro no formaba una nueva unión.
Si el pterodáctilo sobrevivía, dedicaba el resto de su existencia a deambular por los sitios frecuentados con su pterodáctila. Y realizaba este peregrinaje sin comer ni beber. Sin ir en búsqueda de otra compañera.
Poco a poco iba debilitándose hasta que moría, preferiblemente en el exacto lugar en el que había caído su pterodáctila.
2
Ella lo ama. Volar hambrientos, pero juntos, le parece una fascinante aventura. Ama su coraje. Ama la paciencia de su vuelo sobre los volcanes. Lo considera un valiente. Ella lo ama. Ama que se olvide de comer por atrapar una piedra azul. Hay otros pterodáctilos, pero ninguno tiene su estrafalaria manera de planear. Ella lo ama. Desde el día en que conoció a ese tonto pterodáctilo nunca se separó de su lado. Por eso él sabe que ella lo ama.
3
En la sinfónica turbulencia de la atmósfera, entre nubes doradas, un pterodáctilo vuela junto a su pterodáctila.
Sus ojos antediluvianos son los espejos del fuego en el corazón de los volcanes. Vuelan juntos. Como viajeros elegantes.
¿De qué sirve un pterodáctilo sin su pterodáctila?
Toda la Tierra con sus ardientes temperaturas y con sus inesperados desplazamientos les ordena amarse.
Y sobre la catedral volcánica del planeta, y sin saberlo, los pterodáctilos están amándose.
4
De pronto su vuelo se interrumpió. La pterodáctila cayó por un túnel transparente en el aire. Cayó sobre la arena como una roca. Como un meteorito atraído terriblemente por la Tierra...
Estaba en vuelo y el vuelo se detuvo como un amor que dice que no. Un instante de desconcierto y luego la pterodáctila cayó... Transparente en el aire... Cayó sobre la playa.
El pterodáctilo volaba a su lado. Supo el momento preciso en que su pterodáctila cayó. Pero no miró hacia abajo. Negó el vacío. La implacable vertical de la caída.
Miró hacia un costado y hacia otro. No la vio. Se resistió a aceptar lo demasiado obvio. Y no se animó a mirar hacia abajo. Con espanto volvió la cabeza hacia un costado y hacia el otro.
La buscó en todas las posibilidades horizontales de vuelo. Nunca miró hacia abajo.
Aterrizó en la playa.
Caminó con la vista más allá del presente, buscándola lejos. Lejos. Se detuvo sin verla. Intuyó la presencia de una roca nueva sobre la arena. El pterodáctilo cubrió su cara con cuarenta millones de años.
Una tras otra resbalaron sus monumentales lágrimas. En la boca ígnea de los volcanes resonaron sus alaridos. Pero nunca miró hacia el sitio del dolor.
5
Vuela. No lo distraen las piedras azules que saltan de los volcanes. Sigue su rumbo. Y su rumbo es buscarla.
Sus retinas sólo reflejan la imagen de ella. Cree verla en el movimiento de una rama o sobre la cresta salvaje de una ola.
No se pregunta por qué se fue. Se pregunta hacia dónde.
Su cabeza de cretáceo no puede concebir un abandono, sólo un extravío.
Es puro volar sin calma, un vivir buscándola para salvarla y salvarse al tiempo que la salva. Sin ella, volar es un acto inútil.
Se tropieza con las nubes y confunde el cielo con el mar. Va de un lado hacia otro, desorientado y torpe. Fatiga tanto el vuelo si se vuela solo. No quiere volar. Quiere querer.
No los unían los proyectos ni la costumbre. Los unía el volar sabiendo que el otro volaba al lado. Los unía ese voltear la cabeza en el mismo instante como para decirse:
¿Ves?, estamos volando.
6
Con larval inocencia un pterodáctilo busca a su pterodáctila. Él no sabe nada de la muerte. Sólo sabe planear con ella como dos gigantes remeros del espacio. Sólo sabe que un pterodáctilo y una pterodáctila son un mismo cuerpo. Y ahora a él le falta una parte.
Ella murió una noche en que los cielos eran dorados. Aún está sobre la arena su cadáver fosilizándose, pero él insiste en la búsqueda porque eso no es ella, no es su pterodáctila: le falta el vuelo, la mirada y el olor del amor.
Ignora las leyes de la naturaleza, cree en el reencuentro. Si necesita a su pterodáctila tiene que ser porque en algún sitio ella lo espera.
Vuela chocando contra todas las salientes de la noche. Va una y otra vez por los lugares que conocieron juntos. Desde la orilla de aquel lago vieron la primera lluvia de estrellas, en ese cráter la tuvo entre sus alas. Vuelve al cielo. Insiste en la búsqueda. Es una esperanza en vuelo y condenada.
Desde lo alto de la noche color magenta se lanza en picada. Solitario y en silencio se desploma en ese fragmento de playa que nunca quiso mirar
Amílcar Cabral-Naves sin rumbo
Dispersas,
emergidas,
solitarias sobre el Océano…
áridas,
rocosas,
pedazos de África,
el negro continente,
las despreciadas hijas,
nuestras islas,
navegan tristemente…
Cual las naves de la antigüedad,
como las naves
del viejo Portugal,
aquellas que las puertas
del inmenso mar abrieron…
Las naves
que nos descubrieron…
Con el viento, con la tempestad
navegan
de Cabo Verde a las islas,
a las hijas
del ingente
y negro continente…
Son diez las carabelas
en busca de lo Infinito…
Son diez las carabelas,
sin velas,
en busca de lo Infinito…
Con la tempestad y con el viento,
caminan…
Amílcar Cabral. 1924 -1973
Amílcar Lopes da Costa Cabral fue un ingeniero agrónomo, escritor y máximo dirigente revolucionario de la llamada Guinea Portuguesa Guinea-Bisáu y Cabo Verde.
Nació el 12 de septiembre de 1924 en Bafatá (Guinea-Bisáu). Su familia trasladó su residencia a la isla de Säo Vicente, donde transcurrió su infancia. Allí completó los estudios de secundaria; obtiene una beca que le permite estudiar Agronomía en Lisboa (1950). Tras finalizar estos cursos trabajó en la Estación Agronómica de Santarem (1952). Regresa a Bissau contratado para trabajar en los servicios forestales y Agrícolas de Guinea. Pronto comienza a participar en la lucha anticolonial, en pro de la liberación de su pueblo. Ingresa en el MPLA (1956); en 1960 funda el PAIGC. El 20 de enero de 1973, cuando ya la victoria contra las tropas coloniales portuguesas era inminente, fue asesinado por camaradas de su propio partido dirigidos por Inocencio Kani.
En su honor se crearon las máximas condecoraciones de Guinea-Bisáu y Cabo Verde: la Medalla Amílcar Cabral y la Orden Amílcar Cabral, respectivamente.
“Entre los poetas míos”
Cuaderno de poesía crítica nº. 98: Amílcar Cabral. Biblioteca virtual Omegalfa