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Relatos de vida
Fecha de Publicación: 14-06-2026
A 50 años del golpe genocida que ensombreció al país, juntamos memorias de mujeres de distintas generaciones y las compartimos hechas palabras, sentimientos, miradas.
Historias de vida de mujeres que de alguna u otra manera resistieron la oscuridad y el horror que imponía el poder. De la solidaridad recibida de amigos, compañeros, familiares, de vecinos. De los recuerdos contados en primera persona y sus ecos.
Lo hicimos “íntimo y simple, como una conversación a puerta cerrada entre mujeres que recuerdan. Sin héroes, sin adjetivos, sin consignas.”
Con toda la pasión. Con toda la verdad. Con toda la ternura. Abriendo el corazón con cada palabra.
MUJERES SOBERANISTAS
Niñez
Nací en 1975. Tengo recuerdos de mi niñez tranquila, llena de inocencia y aventuras. Soy hija de una mujer soltera que me crio junto a su madre, mi abuela.
Cuando salía de la escuela, en general, volvíamos a casa inmediatamente. Rara vez tomábamos un chocolate con churros, o, mirábamos vidrieras. Yo iba a la tarde. Siempre mi mamá estaba apurada por volver a casa. Muy temprano ya entrabamos y no salíamos, si no, hasta el día siguiente. Yo estudié en la Normal, y por las Muñecas al 200, antes, pasaban los autos. Yo me subía a nuestro Renault 9 azul e iniciábamos el camino derecho hasta Santiago y subíamos por Salta. Cuando llegábamos a la esquina de la Jefatura, el semáforo por más que estuviera en verde, nos detenía un largo rato. A esa hora sucedía el arriamiento. Un soldado tocaba una trompeta y otros se colocaban en fila para la ceremonia. No era necesario que se corte la calle. Los vehículos sabían que hacer. Los peatones también. Todo se petrificaba. Eso duraba unos minutos, luego seguía la normalidad. Algunas veces mi mamá subía por Sarmiento y en esquina Junín nos alcanzaba la bandera.
Yo jugaba con mis vecinas mucho en verano. En época de escuela, sólo los fines de semana. Solíamos saludar a los soldados que pasaban por la calle, o, los que estaban en las garitas de la esquina de casa. Viví toda mi vida al lado del Arsenal. Los de la garita nunca nos respondían, los otros sí. Si los hermanos de mis amiguitas andaban en bici y les daba la gana de llevarnos, íbamos hasta la entrada del Arsenal, frente a la ruta 9, a ver los camiones llegar, a ver como subían y bajaban la barrera, la venia que se hacían, sus diferentes uniformes, sus armas. ¡UNA VEZ VÍ UN TANQUE! Nos y me daba curiosidad el saber cómo sería dentro.
Jugábamos al picnic. Hacíamos uno en la esquina donde había mucho pasto y flores, y si los chicos rompían el alambrado del Arsenal, donde está la torre del agua, nos metíamos ahí con la canasta y el mantel. Una vez nos descubrieron y salimos corriendo. Después vimos que un soldado habló con el papá de mi vecinita. Nos prohibió ir ahí. Dijo que nos tirarían con polvorines. Yo pensé que serían galletas, un mantecado, un …polvorón.
Mi abuela se levantaba temprano y prendía el brasero, tomaba mate desde antes que salga el sol. Yo la seguía. A veces escuchábamos disparos que venían de El Arsenal. “Deben estar practicando para la guerra, como en las películas” me decía ella. Horas después cantaban el Aurora, o, el Himno.
Hoy sé que el apuro de mi mamá era miedo, sé lo que fue la Jefatura en ese momento, entendí lo de los camiones, armas y polvorines, y que los disparos eran fusilamientos. Hoy me doy cuenta que mi niñez tranquila tenía de vecino al Horror.
Evi Zunz
AMALIA
“Qué nombre más fiero me pusiste, che”
Era un día cualquiera de fines de los sesenta, en la ciudad de Salta. Estaba en mi trabajo atendiendo clientes. Frente a mí se sentó una mujer, de baja estatura y grandes lentes oscuros, de cuarenta años más o menos. Soy Paula – me dijo – me manda José María y quiero reunirme cuando termines aquí. Cuando salí nos encontramos en un barcito. Por supuesto que por quién la enviaba, sabía que era una compañera de las FAP.
Estaba en el interior de la provincia, no me dijo en qué lugar ni que trabajo realizaba. Tampoco pregunté. Estábamos acostumbrados a saber lo menos posible. Me explicó que debía venir a la ciudad cada cierto tiempo y necesitaba una casa donde hospedarse. Le dije que debía hablar con mi familia, fundamentalmente con mi mamá, ya que vivía con ellos. Le expliqué que les diría que era monja y que estaba misionando en varios lugares del interior que no usaba hábitos por las innovaciones introducidas por el Concilio Vaticano II y el Papa Pablo VI. Me advirtió que no podría llamarse Paula. Le hice memorizar mi dirección y que la esperaba en dos horas. Llegué a mi casa y conté la historia a mi familia. Como eran muy hospitalarios no hubo ningún problema y mi mamá contenta de ayudar a una monja. Sonó el timbre, era Paula, la presenté diciéndoles, ella es Amalia y debe venir a Salta cada tanto a reunirse con su Congregación. Luego llevé a Amalia a la habitación que compartiría conmigo, entonces aprovechó para decirme – Qué nombre más fiero me pusiste, che -. Fue la primera risa compartida de las muchas que tuvimos. Al día siguiente Amalia entró a la cocina comedor, allí se encontraba mi mamá, en cuánto pudo me dijo que le parecía raro que una monja usara medias red. Cuando le conté a Amalia no las volvió a usar, pero fue motivo de mucha risa. Cada tanto recibíamos a Amalia con mucho afecto, fundamentalmente mi mamá. Llegaba y se tiraba en la cama exclamando, POR FIN UNA CAMA.
Llegué a conocer su nombre porque debía hacer algunos trabajos sobre sus títulos y certificados. Supe de su estadía y trabajo en algunos pueblos de África. Era una gran compañera. Juntas fuimos a una cita con María Antonia Berger, que no sabía que el lugar que había elegido para el encuentro era el más concurrido por la elite salteña, llegamos para rescatarla. Parecía una valquiria, con Amalia la llamábamos Petruska.
María Antonia nos comunicó que debíamos concurrir a una cita en Orán, en un par de días. Viajamos en colectivo desde Salta, pero cerca del cruce a Orán nos enteramos de que no entraba a Orán. Así que tuvimos que bajar allí, caminar y hacer dedo hasta que alguien nos auxiliara, el primero fue, para nuestra hilaridad, un coche fúnebre.
Seguimos caminando hasta conseguir que nos acercaran a Orán. Allí nos esperaban nuestra Petruska, Carlitos Olmedo, Tin Villagra, y Alejo Levenson, Fue un encuentro inolvidable.
Así como compartimos risas, también nos abrazamos y lloramos por esos compañeros, después del combate de Ferreyra. Fue un dolor muy grande. Después, perdí el contacto con ella, tomé algunas precauciones y tuve que decir en mi casa que la habían trasladado a otra diócesis y que no había pasado por Salta para despedirse.
Bastante tiempo después recibí una postal, no me decía mucho, pero hablaba de la vegetación y las flores del lugar y como le gustaría estar allí a mi mamá. Me decía que teníamos que seguir construyendo el lugar donde íbamos a VIVIR.
Continuaba siendo hermética, pero era evidente que se encontraba en Oberá. Años después supe de su militancia en el Movimiento Agrario Misionero y en Las Ligas Agrarias.
Mi querida Amalia fue desaparecida el 27 de mayo de 1977. Paula, la Petisa, Amalia, se llama ESTELA URDANIZ y de ella debo hablar en Presente Siempre, porque mientras siga escuchando su risa y recordando su humor, ella seguirá diciendo, a no aflojar compañera… hay que seguir construyendo.
Sara Fiqueni
Ella ha llegado
Llegué en 1979, un 23 de Marzo en un día de sol y luna llena. A las 7 en punto. Fue un parto de 4 horas. Lo primero que hice cuando mi papá, Carlos, me tuvo en brazos, fue chuparle el dedo.
Siempre me sentí muy distinta, como una niña vieja. Por naturaleza me incliné a lo sensible, a lo profundo. A los 10 años tenía un sueño, aun lo tengo: crear una Casa Escuela grande con jardines y huertas, para niños y niñas. Una especie de confianza o anhelo de ver y sentir la felicidad de cada ser me impulsan. Y ahora sé, más que nunca, que esas memorias sutiles, celulares y ancestrales urdieron mi propósito. En cada acto de libertad, de tanta tripa hecha corazón aprendimos a iluminar.
Yo soy Lucia Aida. Lucia como mi bella y poderosa madre y Aida como una hermana de la vida de mi papá y de mi mamá.
Y aunque yo soy yo, porto orgullosa esos nombres . Aida Villegas (catamarqueña) fue secuestrada a los 20 años en Tucuman durante la dictadura. En 2025 sus restos fueron identificados, ella ha llegado, Aida volvió a tiempo y nos reencontro a todos por un breve y eterno momento. Nos reencontro a nosotres, que muchas veces estamos distantes, clasificados en clases sociales, profesiones y partidos políticos o ensimismados en nuestras batallas. Fue un día de fiesta, si de fiesta, yo sostuve la mano de mi madre todo lo que pude y fue un dar y recibir abrazos memoriosos, mojados y ardientes de amor y esperanza.
Hoy a días de cumplir 47 años y volver a marchar a la plaza.Hoy se que no son solo 50 años y no son solo 30.400 los desaparecidos. Los pueblos originarios también son humanos y han sido y siguen siendo vulnerados sus derechos al igual que los nuestros que son los mismos. Hoy Aida, Berta y tantas más sepan hermanas que seguimos guardianando la Vida. Por que el Agua es derecho humano y es para los pueblos y los pueblos somos soberanos y jamás...jamás nos venceran.
Lucia Aida Galindez Aguirre También AguaySol como mi abuela.
Hija, Aquí Estás Segura
Soy Julieta Locascio, tucumana, fui secuestrada el 19 de Marzo de 1975 a los 22 años en el inicio del Operativo Independencia - ante sala del golpe cívico militar - en la provincia de Tucumán. Un mes después de mi caída es fusilado mi hermano René ( Negro ) en la provincia de Salta, tenía 24 años. Dos meses después es secuestrado mi hermano Pablo de 20 años en Tucumán. Luego mi cuñada María Teresa, esposa de René, es secuestrada y asesinada en la provincia de Buenos Aires. En ocasión de visitar a mi hermano Pablo en la cárcel del Chaco es detenido mi padre y alojado junto a los compañeros que luego asesinaron en Margarita Belén, pero a él lo liberaron a los 10 días.
Habiendo estado yo desaparecida en la delegación de la Policía Federal soy trasladada al Instituto Buen Pastor, y días previos al golpe soy llevada junto a otras compañeras al Centro Clandestino de la Cárcel de Villa Urquiza de Tucumán. El 8 de Octubre de 1976 soy llevada junto a cientos de compañeras del NOA a la Cárcel de Villa Devoto. A raíz del inminente Mundial de Futbol de 1978, y ante la presión de los organismos internacionales, habiendo cumplido mi condena fui liberada en la madrugada del 20 de Marzo de 1978. Tenía la sensación de que abandonaba a mis compañeras de la cárcel las que se esmeraron en vestirme con las ropas que estaban en mejores condiciones: una camisa a cuadros, un pantalón, y unos mocasines viejitos. En un pequeño bolsito llevaba ropa interior, otra camisa, un buzo, una campera, un cepillo de dientes, cartas de la familia, y mis dibujos que tenían el sello de la censura del penal. Pero dentro mío escondía mucha información que iba guardando de lo que ocurría en el penal como los relatos de las compañeras que iban llegando.
Así, en esa oscuridad, y luego de pintarme los dedos, la guardia del penal me abrió la puerta de calle Bermudez. Nadie me esperaba, sola, sin documento, y sin dinero, en esa madrugada de Domingo, las calles vacías, con sus sombras eran como una amenaza.
Caminaba sin rumbo, sin saber a donde ir, no sabía dónde estaba, tampoco conocía Bs.As..
Tenía conmigo un pequeño papelito con el teléfono de un tío, hermano de mi madre, a quien no veía desde los 12 años. En mi interior estaba convencida que iba a volver a ver un cielo abierto completo y estrellado. Que recuperaría mi libertad, que haría lo posible por vivir, abrazaría a mis amores, y volvería a ver mis cerros y caminar sus senderos. Pero esa noche todo era muy oscuro, junto a mi, en esa penumbra, marchaba un auto con cuatros sujetos que me observaban, amedrentaban, por lo que tuve mucho miedo. No recuerdo cuánto caminé. Por fin llegué a una parada de colectivos donde había una pareja, les pregunté donde conseguir un teléfono público, me indicaron que saliera a la avenida, que con suerte encontraría un bar abierto. Sentí una soledad infinita, ansiaba ver a mi familia que en dos años solo pudieron visitarme una vez. No sé con qué coraje llegué a una esquina donde había luces, era una pizzería, me animé y enseguida entré. Había un grupo de jóvenes y familias comiendo. Me acerqué al mostrador, detrás de él un Señor que supuse sería el dueño, ¿apenas alcancé a decir Señor ?, me miró, estiró su brazo, y me dijo: “hija aquí estás segura”. De pronto me bañé en lágrimas y un sollozo me ahogaba. Ese fue el primer gesto cálido del “mundo de afuera” del que no esperaba mucho. Me preguntó que necesitaba y a quien quería llamar, le entregué el papelito y me dijo que él hablaría a mi tío. Me hizo sentar en una mesa y me ofreció comida. Ahí solita junto al ventanal miraba la calle por el vidrio que me devolvía la imagen del bar. No podía parar de llorar......En la mesa contigua había cuatro abuelitos, se me acercó el mozo, un santiagueño que afectuosamente posó su mano en mi hombro y me dijo que me quedara tranquila que allí se reunía siempre los familiares antes de visitar a sus hijas. Mi asombro fue inmenso. De pronto uno de los viejitos me ofreció sentarme con ellos, me insistió, me dijo que sería un honor, como tener una nieta con ellos, era tucumano, y vivía dos cuadras de la casa de mis padres.... Después de tanto horror vivido era extraño recibir un trato humano afectuoso y solidario de desconocidos. Horas más tarde, cerca de las 4:30 de la madrugada, hizo su entrada mi tío Pichón, con los brazos abiertos, tío tan querido, de quien guardaba hermosos recuerdos de mi infancia. Menudito, bajo, con amplia sonrisa me apretaba con sus brazos con ternura. En ese instante toda la gente del bar se paró y estalló un gran aplauso. Salimos de ahí y en mi corazón no cabía tanta gratitud. Tomamos un taxí para atravesar toda la ciudad hasta su casa. Mientras le pagaba al chofer me dijo que llamara a la puerta, al abrirse estaban allí mi tía Milla, mi prima Adriana, y mis padres, que durante varias noches se apostaban en la puerta de Coordinación Federal porque les habían informado que me liberarían desde allí, pero esa noche hubo un cambio. Abrazos, lágrimas, charlas, preguntas, algo de comer, y luego la ducha tan esperada, soñada, y perfumada. Pero no podía apartar de mis pensamientos a mis compañeras de celda: Pegui, la Grego, la Bruji. Me encerré en el baño, y me descocí en llanto, por primera vez lloré por ellas, por mi, por esa Julieta, por todo lo que había sufrido.
Julieta Locascio
¿Hay Que Esconderse?
De Pronto No Los Vi Más
La promesa de una juventud rebelde con las banderas en alto y la bronca ardiendo en las calles.
A mis 11 años aquel 69 revuelto despertó mi ilusión de ser como esa chica que corría encendiendo barricadas. Algo nuevo se venía. Algo bueno.
Tiempo después, con 16 años, mis primeros pasos fueron leves, pequeños, como arrancando a poco a caminar aquella gesta setentista; volantear, repartir la prensa.
Compañeros nuevos, nuevos afectos, la emoción de compartir las banderas bien arriba. Abrazos fraternales, la alegría de reconocerse camaradas. El grito que no se ahoga y estalla en la calle, justo ahí donde hay que estar.
Avanzar en la tarea, atender a las pautas de seguridad acordadas, que ya andan hostigando las AAA.
El auto que pasaba inadvertido es ahora alarma, amenaza que inquieta.
Compañeros que se van, otros presos, algunos escondidos, caras que no se vuelven a ver.
Incertidumbre
Esa mañana el TV estaba prendido en el comedor cuando me despertó mi mamá.
Los tres ocupaban toda la pantalla.
Anunciaban con el primer comunicado lo que ya se venía anunciando.
Institucionalizar lo que ya estaba pasando. El decreto que el gobierno había firmado dos años atrás mostraba ahora su cara más feroz.
Mi razón y todos mis sentidos entendieron lo que vinieron a decirnos.
Y a mí el resto del día se me borró de la memoria. Creo que corrí a casa de algún compa, o a llamar por teléfono..
No corras. No camines. No veas. No mires. No grites, ni hables.
Primer día de una universidad de paredes “prolijas”, despojadas de carteles y de vida. No hables. Oscurecete. Entregá el DNI al policía de la puerta. No mires a los ojos al del fusil a la entrada del aula.
No veas lo que pasa...¿Ese grito de miedo en la calle? Mejor no preguntes...
Callate. Volvete invisible.
Un grito salía por mi garganta muchas noches por esos años. Las pesadillas y el abrazo de mi madre sentada a un costado de mi cama.
No fui detenida, no conocí la cárcel y mucho menos un CCD, o la tortura. Mi prisión fue autoinfligida, camuflarme para sobrevivir, oscurecerme.
No sepas. No mires adelante, siempre atrás o a los costados. El corazón latiendo fuerte bajando hasta los pies inertes al sonido de un motor por el costado, un auto policial, o aquel sin patente. Pero mejor no hables. No me nombres. No me busques. Ni saludes.
Fue tiempo duro, tiempo triste.
Después la primavera se llevó las pesadillas, esa primavera un poco gris pero que florecía en cada marcha al grito de “se va a acabar..”, o “paredón paredón a todos los milicos que vendieron la nación”. Florecía al levantar bien alto las caras de los compañeros que se habían llevado los genocidas para siempre y reclamar aparición con vida. Florecía al volver a caminar las calles, pintar las paredes, abrazar a las imbatibles del pañuelo blanco.
¿Nos derrotaron? SIMPLEMENTE NO. No hemos sido derrotados ni lo seremos mientras viva el deseo que no pudieron matar.
Siempre habrá un paso adelante. Millones de pasos a revolucionar y escribir la historia que nos merecemos como pueblo. HLVS ★
Mariel Gimenes
Lo Simple Se Transmutó En Pesadumbre
La simpleza caracteriza a los lugares pequeños. Es casi ausente el sobresalto y cuando sucede lo es debido a hechos tan cotidianos casi como el movimiento del viento que todo lo cambia de lugar o cuando con uno de sus zumbidos trae voces de los que viven en el otro extremo o de los emprendieron su último viaje.
Lo simple en Chepes precisamente en los años de mi adolescencia se transmutó en pesadumbre, en prohibiciones arbitrarias, en imposiciones venidas desde lo que entendíamos como absurdos innecesarios e injustos.
De pronto las casas, todas ellas pintadas de blanco porque así eran localizadas desde algún transporte aéreo cuando llegaba la noche.
Y la noche era quietud.
Inmediatamente finalizaba el día nadie podía circular por calles ni veredas. Desde las viviendas no debía verse ninguna luz. Como a nuestra casa le faltaba en una de sus ventanas la persiana colocábamos una colcha gruesa así evitábamos que se escapasen los reflejos del pequeño televisor o de alguna otra fuente que emitiese vislumbre alguno.
Adolescencia. Escuela secundaria y nuestros tantos no permitidos. Y ese compañero de curso que en lugar de dibujar a Aníbal Troilo en la hora de dibujo garabateó un enorme Che Guevara y fue conducido a la Dirección porque ese dibujo, justamente ese dibujo, era uno de los prohibidos.
En el bolsillo del jean debíamos portar nuestra libreta cívica porque en cualquier esquina alguien “de la fuerza” nos solicitaba identificarnos a través de ella.
Que la melena no. Que cierta música no. Que las reuniones, aunque fuesen tan solo con
la intención de intercambiar apuntes de Historia o de Botánica debían ser breves y debidamente justificadas bajo parámetros ajenos.
Ha pasado tanto tiempo, pero hace ruido aún el por qué cayó en uno de los vecinos la designación de interventor. El interventor del pueblo. El vecino que cruzó, sin querer, a la vereda del frente.
En los pueblos sencillos como fue el que aún habito también nos quedó marcado la experiencia de que alguna vez caminamos con miedo, a la libertad como moneda cotidiana le podaron las alas y debíamos “andar calladitos para no meternos en lio” aunque el lio fuera tan solo vivir sin miedo.
Liliana Noemí Cevallos
DNI 16.352.719 - Chepes – Dpto. Rosario V. Peñaloza - La Rioja
Ecos de Memorias
Desde hace varios años me encuentro rodeada de memorias de mujeres militantes.
En gran medida, esto se debe a los espacios que habito (vinculados a los derechos humanos) pero también a una curiosidad personal. Lo que comenzó, en un principio, como un interés casi “de chusma”, por saber qué había sido de la vida de mujeres con quienes compartía tantos mates y luchas, fue transformándose con el tiempo en un interés académico y, sobre todo, militante.
Hace dos años decidí comenzar a indagar, con la ayuda de las herramientas metodológicas de la Historia Oral, en las memorias de mujeres que sentía que habían dejado una huella en la Historia y que, al mismo tiempo, la siguen dejando en nuestro presente. Mi camino es todavía el de una principiante: hasta el momento entrevisté a dos personas. Por un lado, a María Celia, con quien comparto militancia y también un vínculo afectivo; por otro, a Marta, compañera de juicios y marchas.
Son dos mujeres con experiencias de vida diferentes entre sí. Con militancias en distintas organizaciones, estrategias de supervivencia particulares -como el insilio y el exilio- ante las prácticas represivas y, además, devenires distintos en su participación a partir de la vuelta de la democracia.
Se trata de dos mujeres que no mantienen el mismo vínculo con sus memorias. Por un lado, cuando le propuse a María Celia la posibilidad de entrevistarla, su respuesta fue: “¿A mí? Si yo no soy tan importante”. Nuestros encuentros constituyeron las primeras ocasiones en que pudo poner en palabras, frente a un grabador, su trayectoria de vida. En cambio, Marta ya estaba acostumbrada a las entrevistas y a narrar su historia personal, por lo que me encontré, en gran medida, con memorias más estructuradas y fluidas.
Sin embargo, cada encuentro resultó muy enriquecedor, tanto para la entrevistada como para mí en mi rol de entrevistadora. Más allá de sus trayectorias singulares y de las distintas enseñanzas que me dejaron, ambas ponen en evidencia un rasgo en común: son mujeres que hoy se posicionan en defensa de los Derechos Humanos.
Fueron protagonistas de su propio tiempo, reflexionaron sobre sus presentes y, en la actualidad, dan voz y reivindican esas memorias.
Antonella Di María
25 años Estudiante de Historia, UNR Granadero Baigorria, Santa Fe
Homenaje a Diego Guagnini
Ayer, sábado 13 de julio de 2013, llevamos los restos de Diego Guagnini al Bosque de la memoria. De esta manera, volvió a la tierra donde inició su lucha y conoció el amor que floreció en el milagro de su hijo Emilio, sol de nuestras vidas, presencia tangible de su apuesta a vida junto a Teté.
Colocamos en una breve cicatriz del bosque, convertida en tumba inabarcable, sus cenizas. En medio de la emoción, tuvimos la certeza de que en ese mágico instante estábamos desbaratando el tenebroso proyecto de borrar las huellas de los luchadores que pagaron con sus vidas el sueño de un mundo más justo.
Resguardábamos la historia de una vida, izábamos la memoria, fusilábamos la impunidad. Su familia y los amigos, lo despedimos conmocionados, con lágrimas, con palabras, con silencios y dijimos PRESENTE con los brazos en alto.
Ahora Diego está ahí, al abrigo de un árbol que se plantó en su nombre, al arrullo del viento que cruza la fronda , contra el miedo y el olvido, más vivo que nunca en nuestro corazón.
Marta Valoy
1978
Rosario calle Mitre en el centro. Calle empedrada pleno barrio de putas. Mucha policía, desde la ventana se escuchan las tranzas entre la calle y la policía.
Segunda semana de junio. La petisa no viene hace dos días – me preocupo - la “Yoko” dormía en una habitación angosta como un pasillo sin ventanas, una luz de neón una cama marinera una mesa para una persona, un ropero de dos puertas. El miércoles me pidió un favor mientras tomábamos unos mates. Yo dormía en la primera habitación y compartía con tres mujeres más. Una era estudiante de abogacía, la otra estaba en la pensión porque se la pagaba un amante y la tercera “Griselda” hermética y muy salidora.
Yoko desconfiaba de Griselda. -Es soplona me parece – dijo esa mañana – la cosa está fea, alemana, si no aparezco por más de 24 horas entra a mi habitación tomá la bolsa del ángulo izquierdo del ropero debajo de mi pullover verde y tirá todos los papeles al inodoro... Cortá en pedacitos para que no se tape- Me asustaba pensar que no la iba a ver más. que quizás la maten. Nos dimos un abrazo de lágrimas entre repisas libros y trapos.
Hoy, 50 años después escribo estas líneas con el afán de despejar y aclarar: ” lustra que lustra ... ya cansada la mano izquierda deja la sal en su frente ...
Pasaron dos días, abri puertas y del ropero saqué la bolsa ... Fui haciendo tiras hoja por hoja rompiendo sueños; algunos manuscritos otros escritos a máquina. Fue solemne ... lo hice en dos momentos distintos del día para no levantar sospecha y evitar que se atascara el inodoro.
“... para resbalar cuesta abajo ...al sumidero de lágrimas”...
Al volver a la habitación sentí los ojos de Griselda como aguijones en la nuca y empecé a observarla yo también. Esa misma noche tiraban abajo la puerta de la pensión ... barrio de putas ... todas sospechosas contra la pared 18 mujeres en la madrugada .... maltratadas y Griselda no estaba.
Heidi Racke
La Noche de los Libros
Hoy amaneció gris el cielo, inmensos nubarrones blancos, grises suaves y hasta gris plomo, casi negros…solo presagian pesares como los que taparon el cielo de nuestra patria hace ya 50 años…
Entonces recuerdo, ¿qué recuerdo? La desazón creciente de esos meses anteriores, los de finales del 75, donde se respiraba aire pesado, inquietud, miedo.
Por entonces no había celulares, formas de comunicarse tan certeras como efectivas que tenemos ahora, sólo había a disposición las radios y unos pocos canales de televisión en blanco y negro, uno por provincia en Tucumán contábamos con Canal 10 de propiedad conjunta entre la UNT y el gobierno provincial. Un solo noticiero, a la noche, Teveprensa, nos mostraba el país y el mundo.
Habíamos sido tan felices desde el 73, especialmente en la facultad. Yo cursaba Letras en la UNT y los estudiantes estábamos exultantes con las posibilidades de cogobernar, de cambiar los planes de estudios, de traer novedades y de crear carreras como cine y televisión, periodismo político entre otras ideas. El decano tenia sus puertas abiertas para todas las inquietudes de los estudiantes…se vivía una primavera como en todo el país, la primavera camporista que es decir tocar el futuro venturoso con las manos.
Duró muy poco… el regreso de Perón, la profecía de Ezeiza, la renuncia de Campora y los episodios tremendos de la muerte de Ortega Peña, la aparición fantasmática de la Triple A, nos ponían a todos los jóvenes en una situación de incertidumbre angustiante.
Aunque nunca, nunca nos pudimos imaginar ni en sueños, del peligro letal que corríamos, de los nubarrones de muerte que se cernían en el horizonte.
Yo, por entonces, militaba especialmente en el Centro de estudiantes de F y L, allí fui conociendo las distintas agrupaciones políticas existentes, al ingresar, desde todas ellas me hablaron para que las acompañara…los estudiantes del FIP (Frente de izquierda popular y del MAS (Movimiento al Socialismo) fueron los mas insistentes, algunos de ellos todavía son mis amigos… pero yo continué con los camaradas de la Federación juvenil comunista a la que pertenecía desde mis 15 años. Nos reuníamos en el comité cada quince días, planeábamos algunas acciones de protesta y estábamos al tanto de la política universitaria principalmente. Allí conocí a camaradas de otras facultades y de otras provincias, mucho mayores que yo a los que admiraba.
Me fascinaba esa mirada tan esperanzada y esa voluntad y compromiso por el trabajo, por la acción política por más pequeña que fuera. También armamos un grupo de lectura. Empecé a comprar mis propios libros: una versión muy barata de El Capital, del Manifiesto Comunista, las tesis de Mao …recuerdo la emblemática Para leer El Capital de Marta Harnecker, Los dueños de la Tierra de Franz Fanon entre tantos otros.
Tambien fui adquiriendo y devorando los ejemplares de la revista Crisis fundada por Galeano y El lagrimal trifurca de los rosarinos Francisco y Elvio Gandolfo. Estas lecturas también se enriquecían con los textos literarios que leíamos en la carrera, especialmente los escritores del boom latinoamericano: Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Miguel Angel Asturias, Alejo Carpentier, García Marquez, Juan Carlos Onetti.
Mi encuentro con Las venas abiertas de América Latina fue clave, recuerdo haberme sumergido más de una semana leyendo y llorando …leyendo y llorando , me cambio la vida … Los jóvenes de entonces, digo los del montón, éramos tan crédulos, tan ingenuos reconocíamos teóricamente lo que era el Poder del Imperio, la injusticia básica del Capitalismo pero sobre todo del Imperialismo…aun no habíamos experimentado en carne propia la capacidad ilimitada de mortalidad que iba a producirnos…nadie por entonces lo imaginaba.
Transcurría el año 75, ya había muerto Perón, gobernaba María Estela Martínez, pero en las sombras López Rega y las AAA, la atmósfera se había vuelto asfixiante, cual aves de rapiña volaban eligiendo las presas… la actividad militante comenzó a debilitarse, tanto en la facultad como en las otras organizaciones, seguíamos reuniéndonos pero ya se hablaba del peligro que estábamos corriendo.
Uno de los últimos días de diciembre de 1975, recibo una llamada urgente de un compañero de la secundaria, camarada, que me aconsejaba que escondiera en algún lugar seguro todo el material escrito, incluidos revistas, posters, panfletos.. porque tenían información que se venían redadas y allanamientos a casa de estudiantes universitarios, que lo hiciera muy rápido, que todos estaban resguardándose.
Mi madre escuchó la conversación, me vio demudada e inmediatamente actuó… yo me resistía a creer que eso estuviera pasando empezamos a poner los libros en cajas, a despegar los posters- especialmente recuerdo el del Che en fondo rojo, el emblemático- a buscar por todos lados material suelto e incluso mis cuadernos de notas de estudio.
A las dos horas, me habló nuevamente Mario para aconsejarme que llevara el material a guardar, a “enterarlo” mejor, en la casa de mis abuelos del Mollar. Con mi madre coincidimos que tenia razón. No recuerdo los pormenores del viaje, ni cómo mi madre consiguió las llaves, ni qué le dijo a mi abuelo de la premura del viaje, si que llegamos casi de noche y con neblina cerrada. El esposo de mi madre que nos llevó en su camioneta, buscó una pala y entre los tres elegimos el lugar…mientras él cavaba recuerdo que mi mamá temblando un rato me retaba y enseguida me abrazaba… yo me recuerdo con mucho frió – ya estaba llegando el otoño- sollozando sin querer soltar el poster del Che y el libro de Galeano… Mi mamá diciéndome- de esto no se tiene que enterar nadie, sabes? Nadie!!! Sé que tenia más miedo que enojo, porque en el fondo me comprendía y quizá aprobaba y con orgullo mi compromiso con las ideas socialistas… al fin y al cabo vivió en Monteros, ciudad rebelde y culta.
Esa misma noche retornamos a la ciudad, yo con una sensación de vacío horrible en las tripas, pero agradeciendo la solidaridad y el silencio respetuoso de Totó, el marido de mi madre, que era radical.
Nunca más pude recuperar esos libros, y hasta olvidamos el lugar exacto donde los escondimos, los añoré tanto después… hasta que pude ir comprándomelos de nuevo a algunos….el poster rojo del Che se quedó deshilachándose en mi memoria hasta hoy pero no perdió su brillo.
El documento, a fuego Los primeros años de las más sangrienta de las dictaduras argentinas, en Tucumán se vivieron con mucho miedo y zozobra constante. En cualquier momento, desde cualquier lugar aparecían interpelando a la gente en la calle grupos militares armados gritando a viva voz y dejando paralizados a los transeúntes. A veces se los podía anticipar si se los escuchaba hablando por los Hoki toki y ya la gente se preparaba para la segura requisa.
Lo primero que le preguntaban a uno era el nombre y el número de documento y ¡¡guay del que no lo tuviera a mano y no lo supiera de memoria!! Lo metían adentro de las camionetas o jeeps agarrándoles del cuello como a animales.
Eso lo hacían a cielo abierto, mientras a escondidas estaban secuestrando, torturando, apropiándose bebes, y fusilando , pero de “eso” al menos los primeros tiempos, no se sabía, en general.
Por entonces yo tenia 20 años, estudiaba Letras en la facultad de Filosofía y Letras de la UNT, vivíamos con mi madre en una casita de un barrio “reo”, Villa 9 de julio ella era maestra de primaria y para poder costear mis estudios, trabajaba en dos turnos pero en la ciudad de Monteros a 50 km de distancia. Salía muy temprano a las 6 de la mañana y regresaba entre las 19 y las 20 horas.
Una de esas tardes ya oscuras, llegó demudada, muy cansada y temblorosa. Me cuenta porqué. Venia ya de regreso desde Monteros en el colectivo El trébol que circulaba por la Ruta provincial Nº 38, en ese horario venían otros colegas, maestras y profesores de la Escuela Normal. Al llegar a la zona conocida como Caspinchango, cerca del cruce con la ruta a los Valles y a Santa Lucía empiezan a sentir ruidos como de tiroteos, el colectivo bruscamente desvía hacia la banquina y es detenido por una cuadrilla de militares vociferando y excitados. A los gritos y empujones hacen bajar a todos los pasajeros y obligan a los hombres a acostarse en el suelo al lado de la ruta y a las mujeres a pegarse de cara a los laterales del coche. Comienzan a palparlas a cada una entre gritos desafiantes. Les preguntaban el nombre, los motivos del viaje y obviamente la libreta cívica o documento… al llegar a mi mamá le gritan, ella se asusta y busca, busca temblando pero no encuentra su documento.. entonces le piden que lo diga de memoria.
- se me nubló todo, hija, no me acordaba de ningún número y el milico me gritaba enfurecido… sentí que me estaba orinando, hija.. y el tipo ya me estaba agarrando del brazo …pensé que me desmayaba, me vi ya entre rejas o tirada en el suelo… de pronto siento una voz femenina estentórea que le dice: - Señor, ¿no ve que es una maestra?, de la escuela Normal donde yo soy su Directora, ¡yo, yo me hago responsable de su identidad y de ella.! Déjela seguir viaje, déjenos seguir viaje, ¡regresamos a nuestros hogares después de una jornada de trabajo docente!
- La señorita Blanco, hija, la señorita Blanco me salvó, ¡¡me salvó!!... Ese día mi madre tuvo “un Dios aparte” su Directora, corajuda como pocas. Un Dios que no tuvieron tantos desaparecidos y torturados en la oscuridad.
Así actuaban las fuerzas del Terrorismo, generando pánico disciplinador entre la gente común, desprevenida: desde entonces mi madre nunca se olvidó de llevar su documento en la cartera y se le quedó grabado a fuego en la memoria, aunque mascullaba odio cada vez que recordaba la humillación sufrida, no sólo por ella sino por cuanta mujer o maestra caminase por la calle.
Recuerdos de la dictadura.
Elba Rosa Amado
El Regalo
Madre construye puzzles cada nuevo cumplevida de lxs integrantes de la familia.
Collages de fotografías que busca en el maletín marrón que está en la puerta del medio del ropero de Keco. Los va armando una semana antes de la fiesta familiar. A veces, se torna distante y las elije en soledad y se les estrujan las manos y el alma. Otras veces, la envuelve la ansiedad y moviliza a toda la familia cercana, tratando de encontrar 'esa' foto perdida que ella sabe que estaba ahí y en la que estaba el Pato cuando tenía dos años en la vereda de la casa de Las 150 a la siesta en la latona llena de agua al lado del fresno que empezaba a crecer y el abuelo mirando para cuidar de los dos, del árbol y el nieto. A veces, no llega a tiempo con el mural de telgopor forrado de tela vegetal y entonces, terminamos todxs viendo las fotos esparcidas en la mesa, eligiéndolas para reír, lagrimear o preguntar. Sobre todo eso, para preguntar. Porque Madre se acuerda de mucho. Y a nosotrxs nos habitan muchas preguntas.
En ese rompe-cabezas de instantáneas, a veces, también se nos rompe el corazón o la alegría o la duda. Y es que, cada historia hilada a partir de una imagen, nos devuelve una idea de lo que fuimos siendo, como manada, como clan que sobrevino a tanto remolino, tanta dictadura, tanta mudanza, a tanto amontonadero de gente que fue acercándose a nuestra familia y abrazamos como propia; tanto hecho participativo de escuela, barriada, marchas, viajes, actividades y por supuesto, la consiguiente contextualización en los hechos históricos que ocurrieron en esos momentos y lo que pudo haber sido la vida si otros rumbos hubiésemos tomado y, sobre todo, lo que podemos aún ser, como germen y sueño para montar ese pequeño nuevo mundo para todxs que siempre sigue soñando.
De alguna forma, ese día de su cumpleaños, cada unx de nosotrxs recuerda que es parte de un todo mayor: la familia-el barrio -la comunidad... una trama. Y de algún modo, también, nos llevamos en su gesto, el regalo de seguir tejiéndonos, con los propios interrogantes y los decires de lxs otrxs alrededor.
Al fin y al cabo, Madre nos entrega como obsequio un gran ejercicio de hacer memoria y construir verdad(es)
Emilia Romero Nacida en 1979. Hija de Cristina Figueredo y Sergio Romero, el Keko. Hermana del Diego (1976) y el Jóse (1982). Madre y Padre fueron Docentes de Niñxs , Jóvenes y Adultxs. Detenidxs políticxs en Dictadura. Militantes del PB (peronismo de base ) y el movimiento religioso ercermundista para la liberación; educadores, trabajadores sociales, sindicalistas y promotores de los Derechos Humanos y la Vida hasta el día de sus muertes naturales.
Barranqueras, Chaco. Marzo de 2026
Emilia Romero
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