• Historias de vida

Fecha de Publicación: 31-05-2026

A 50 años del golpe genocida que ensombreció al país, juntamos memorias de mujeres de distintas generaciones y las compartimos hechas palabras, sentimientos, miradas.

 Historias de vida  de mujeres que de alguna u otra manera resistieron la oscuridad y el horror que imponía el poder. De la solidaridad recibida de amigos, compañeros, familiares, de vecinos. De los recuerdos contados en primera persona y sus ecos. 

 Lo hicimos  “íntimo y simple, como una conversación a puerta cerrada entre mujeres que recuerdan. Sin héroes, sin adjetivos, sin consignas.” 

Con toda la pasión. Con toda la verdad. Con toda la ternura.  Abriendo el corazón con cada palabra.

A 50 años – Alberto Barber PRESENTE!

 

Mis vecinos de infancia habían venido de Catalunya.

 Con los cuatro de la familia, también la tía, modista y la abuela que en sus raptos de locura deambulaba por la terraza con labios de papel rojo pegados sobre los suyos. 

 Alberto fue muy amigo de mi hermano mayor y mi amor desesperado de la niñez. Bello, mas que bello, dulce, mas que dulce. Y prohibido pues en esas épocas, las nenas jugaban con las nenas, generalmente a la ronda, a saltar a la soga y ellos a las figuritas o a las  bolitas, todo en la vereda con fronteras tan claras como invisibles.

 Un día se mudaron y allí, del otro lado de la pared medianera quedaron flotando en el aire el olor a goma del taller de pedales del padre y ausentes los retazos coloridos cayendo de la larga mesa de costura de la madre, Natalia que, entre tantas otras cosas, me enseño a cortar los primeros vestidos con su tijera gigante y chirriante.

 Se fueron de nuestras veredas Silvia y Alberto, los niños , pero mi enamoramiento seguía intensamente intacto. 

 Después, se terminó la infancia y la familia un dia vino a anunciar que Alberto se casaba, nos contó que había estudiado química, que se iría a vivir a Santa Fe y nunca mas lo vi. Eran los 70 con sus ráfagas de ideales, compromisos, convicciones, militancias y rupturas con la sociedad de nuestra época. 

 En ese torbellino empezamos con los muertos, presos y desaparecidos y una represión inaudita, inimaginable. 

 A mi me tocó ir presa y una vez libre, un dia de 1977, vino Natalia, la madre a preguntarme si había visto a su hijo en alguna cárcel, porque hacia dos meses que no aparecía ni sabían de él. Finalmente, toda la familia se fue a España, incluidos la esposa de Alberto y sus niños cuyo último domicilio fue Santiago del Estero.

               50 años, de persecuciones, exilios, cárceles, muertos y desaparecidos. 

 Hoy hay memoriosas manos bordando, poniendo entre puntadas miles de nombres y apellidos. Será una gran bandera del horror y el amor que desde cada provincia y rincón de Argentina los traiga al PRESENTE, ahora y siempre. Yo no pude, no puedo bordar tu nombre Alberto Barber, secuestrado y desaparecido en septiembre de 1977. Me tiembla el pulso de solo pensarte, la aguja no obedece, se me deshilacha el alma. Quizás tu familia tampoco, tan lejos, tan exilada, tan volviendo a tu origen familiar en Catalunia. Quizas no esté tu nombre Alberto Barber enarbolado el 24 de marzo cuando repudiemos otra vez mas el mas feroz golpe de estado que nos asolo y todavía reverbera en sus adeptos. 

Pero acá estas querido inolvidable, PRESENTE , NUNCA MAS

Marta Ronga

Adolescencia

 

 Para aquella fecha tenía 11 años y cursaba séptimo grado de primaria en una escuela pública de capital federal, mi mamá me iba a buscar y volvíamos caminando con una o 2 compañeras más, la calle estaba rara. En mi casa no me hablaban de política, recuerdo que sí lo hacían entre ellos cuando los sábados, cada quince días, íbamos a la casa de un tío y  antes de salir a comer. veían Tiempo Nuevo con Neustadt y Grondona y conversaban entre ellos. Mi papá era trabajador del estado de la seguridad social y mi mamá ama de casa.

 Lo que recuerdo de mi adolescencia, cuando salíamos a la tarde con amigos/as nos cuidábamos de no ser muchos caminando, nos separábamos, no podíamos salir después de las 22 horas sin un adulto, y recuerdo los Falcon verdes o azules que a veces pasaban rápido con una sirena arriba por la avenida de mi casa. ¿Cómo sabíamos? no lo sé, pero decíamos ahí va Coordinación Federal, Toxicomanía eran los de pelo largo, también recuerdo que en la escuela secundaria Educación Cívica cambiaba de nombres y se podía hablar poco sobre esos contenidos. En esa época por salir un sábado a la noche a bailar caímos presas con unas compañeras por estar paradas en una esquina eligiendo lugar donde ir, yo le decía a la policía: “no estábamos haciendo nada malo” y en otra oportunidad volví a caer presa en un boliche a las 3 a.m. porque era menor, pasaba nocturnidad y hacían razzias. Otra vez me salvé por un noviecito que era tarjetero en el boliche.

 Recuerdo que muchas veces estando por la calle sin “hacer nada”, sentía miedo, que nos metieran presos y el miedo sin razón, porque muchos no sabíamos lo que estaba ocurriendo en el país. Al escribir estas líneas me resuena: “algo habrán hecho” ….., “el silencio es salud” ….. Nos atravesó el Mundial 78 donde todos salimos a la calle a festejar, ¡Argentina, Argentina! Y vaya lo que pasaba ……. Luego a mi generación la atravesó la guerra de Malvinas donde rogábamos que no les tocara ir a nuestros queridos amigos a una guerra sin-sentido, yo decía que perderíamos que era imposible ganarle a los ingleses y me criticaban diciendo que no quería a la patria, me parecía un absurdo pensar en que podríamos ganarles ….. Ojalá me hubiera equivocado. Recuerdo la colecta que se hizo por ATC de dinero, joyas, en fin, con Pinky y Cacho Fontana conduciendo y todo eso no llegó a destino. Siempre robando ……. Ese fue el principio del fin de la dictadura cívica-militar- eclesiástica …

 Escuché sobre los derechos humanos con la apertura democrática en “Encuentros Por la Vida” en el Parque Lezama, realizado a pocos días de las elecciones presidenciales con presentaciones artísticas y a partir de ese momento empecé a interiorizarme en el tema.

 El miedo y el terror lo implementaron para toda la sociedad y sus efectos psicológicos dejan su huella, su marca hasta la actualidad.

M. Fernanda Strático

 

Aquellos Tiempos

 

 El 23 de febrero de 1976 cumplía 18 años, ya era mayor de edad para muchas decisiones aunque para otras iba a tener que esperar hasta los 21.

 El 2 de marzo nos encontramos con un amigo en el corso, él se había ido de mochilero con un amigo. Llegaron hasta Ushuaia. Desde ese momento nos vimos todos los días y nos pusimos de novios. 

 Estábamos a 700 km de Rosario: yo en la casa de mi hermana mayor casada y con tres hijos y él en la casa de sus padres y hermana. A mediados de marzo él se fue a la ciudad donde estudiaba para cursar sexto año de medicina y yo me volví a Rosario para ingresar a ciencias agrarias. Me había anotado en diciembre y empezaban las clases del 21 de marzo. Muy poco tiempo antes de la fecha nos avisaron que empezábamos el 28.

 Cuando llegó el día, había que mostrar el documento a la entrada de la facultad. Además el lugar no podía estar mejor ubicado para tener en cuenta la represión: estábamos en Santa fe entre Moreno y Balcarce, a media cuadra de la jefatura de policía. Ellos apostados en la vereda con armas largas y no te permitían pisarla. A una cuadra estaba El comando del segundo cuerpo de ejército en moreno y Córdoba y había en la puerta un tanque que al anochecer se daba un paseíto. 

 A media cuadra, por Moreno estaba la entrada del Museo de Ciencias Naturales ubicado en la planta alta y la puerta estaba custodiada por un milico. La puerta que comunicaba derecho con ciencias agrarias estuvo cerrada 5 años y medio. 

 En mi casa siempre estaba el diario cerrado porque cuando uno lo leía había que cerrarlo después, era la norma. Un día quedó abierto en la página donde estaba la noticia que había encontrado el centro clandestino de detención. Estaba en la Jefatura de Policía. Lo llamaban El Pozo. A una cuadra de la Facultad. Fue en julio del 80. Ese era mi panorama diario en aquellos tiempos.

Graciela Brindisi

El Encuentro

 

 Delfina Luna se llamaba la querida compañera. De sonrisa que daba confianza, la recuerdo junto a alguna canción de las que cantábamos en aquellos tiempos, a alguna poesía de las que nos gustaba.

 Trabajó mucho tiempo en el asilo de ancianos y cuando hablaba de los viejitos se le mezclaba en la cara una mueca de sonrisa tierna y la mirada triste cuando contaba la soledad y el abandono en que se encontraban.

 En la esquina del asilo estaba el quiosco de mi hermano y mi cuñada, que ella visitaba seguido porque eran amigos y a buscar algo para leer. Amaba leer, devora cuanto libro o publicaciones que caía en sus manos.

 Allí también nos conocimos. En ese tiempo tenía a mi hija Pau pequeña y apenas la veía le estiraba los bracitos y la tía Delfi,se desarmaba de amor. Eran años todavía felices que disfrutábamos de la vida, de los debates, de  largas charlas y de los apasionados deseos de aportar para ese cambio profundo y necesario que se olía en el aire, en las fábricas, en los colegios, en las calles y que venía creciendo desde abajo y desde distintos países del mundo.

 Después llegó la barbarie. Los secuestros, las detenciones, los asesinatos, los decretos de aniquilación a los luchadores populares. En síntesis, el terrorismo de estado.

 Los que pudimos escapar, la mayoría de las veces sin saber dónde escondernos, encontramos otros abrazos solidarios que aún a costa de sus vidas y de sus familiares nos escondían. Con el miedo a flor de piel por nuestros hijos, sabíamos que si nos agarraban cual sería su destino.

 Poco a poco por la situación dejamos de vernos. Detuvieron y desaparecieron a mi compañero, trabajé de lo que salía y nació mi segundo hijo.  Una tarde, iba con mi hijo, el pequeño José que ya tenía unos cuatro años, volviendo de uno de mis trabajos, por calle Ituzaingó,  el nene corriendo delante mío y miré de casualidad para la vereda de enfrente y me pareció verla.. No podía creer que fuera ella. Seguí unos pasos llamando "José vení" y volví a mirar y ella estaba allí parada, mirándome. No sabía que hacer. Debía seguir de largo, por seguridad, pero tomé al nene en mis brazos y cruzamos las dos a la vez para abrazarnos en plena calle. Lloramos juntas. Delfi, mi querida compañera, miraba al nene que no lo conocía y solo podíamos repetir… es cierto? sos vos? y yo que creía que ya nunca… Y no podíamos terminar la frase. Por un momento hermoso, disfrutamos del abrazo de sentir que el cariño seguía en pié, que los sueños seguían siendo compartidos.

 Después vendrían los momentos de contarnos, de recordar, de llorar por los nuestros y de seguir....seguir fieles a los ideales, con la solidaridad y el cariño de siempre. Por quienes ya no estaban, por nuestros hijos, por todos.

Elida Luna

Historias que deben ser recuperadas

 

 El golpe militar cívico eclesiástico del 76 significó para parte del pueblo allanamientos, secuestros, robo de pertenencias, torturas, asesinatos, desapariciones, exilios, insilios, cárceles llenas de presos y presas políticas, censura, y el robo de los bebés de nuestras compañeras, que los tuvieron en las peores condiciones en los centros clandestinos.

 Pero también hubo resistencia de los militantes, de los trabajadores y trabajadoras, de los Organismos de Derechos Humanos, de las Madres, que salieron con su pañuelo blanco a gritarle al mundo que les habían arrebatado a sus hijos y querían saber dónde estaban.

Y también hubo casas refugios, donde se escondían militantes perseguidos, hacían reuniones, dejaban materiales, y hasta armas.

 Yo quiero recordar una de esas situaciones. Mi hermana Miriam y su compañero Roberto De Vicenzo tenían un altillo donde vivieron varios compañeros y compañeras que venían perseguidos de sus ciudades: Mar del Plata, Entre Ríos, Santa Fe, a nuestra ciudad de Rosario.

 Ya en dictadura, Roberto encuentra casualmente a uno de ellos, que vivió en el altillo, Miguel Angel Tossetti. Era la pareja de Marta María Forestello, que había sido compañera de estudios y de militancia en la JUP de Roberto, en la Facultad de Ciencias Económicas. Decidieron que querían encontrarse un día, pero en qué lugar, dónde??? Los lazos de compañerismo seguían intactos, a pesar de la clandestinidad que les impedía encontrarse.

 Roberto vino a hablar con Juan y conmigo para ver si podían hacerlo en nuestra casa. Y a pesar de los riesgos aceptamos.

 Un sábado a la tarde se reunieron las dos parejas, Marta venía con su hija Victoria Isabel. Su segundo nombre se lo habían puesto en homenaje a Isabel Arias, estudiante y militante de la JUP en la misma facultad que Roberto y Marta. Fue asesinada por la triple A el 4 de enero del 76 junto a su compañero Arturo Vallejo.

               Al poco tiempo los cuatro: Miriam, Roberto, Marta y Miguel, fueron desaparecidos.

Muchas familias colaboraron con los perseguidos, con sus hijos e hijas, con sus hermanos y hermanas. Aún sin ser militantes políticos, pero por amor y por conciencia social, arriesgaron su integridad porque no aceptaban la forma de vida de silencio y oscuridad en que nos sumió la dictadura militar.

Ana María Moro

Militante de Derechos Humanos

Presidenta del Centro Cultural Madres de Plaza 25 de Mayo de Rosario

La Quinta

 

“Mamá tengo miedo" me dijo Pablo.

Por qué, de qué? No supo decirme por qué.

 Caminábamos apresurados por las calles húmedas de un Buenos Aires gris plomizo, pesado. El constante ulular de las sirenas yendo y viniendo por toda la ciudad le conferían a ésta un aspecto lúgubre y desolador. Compramos los víveres, que me habían encargado para pasar unos días en la quinta y, de paso, huir un poco de esa ciudad aplastante, devoradora de sueños y esperanzas, asfixiante.

 Esa noche no pudimos dormir bien. Otro de mis hijos tuvo fiebre toda la noche y el plan de ir a la quinta cambió por otro de visita al hospital. No podríamos ir hasta dos días después, cuando mi hijo estuviera bien de sus anginas y no tuviera fiebre.   Con un poco más de tiempo, debido al cambio de día, hice un postre para compartir  con los compas que viajarían unos días después, aunque eso, yo no lo sabía, lo supe después.

 Mis hijos estaban felices, porque iban a ver a su "prima" y "tíos".  Pero no pudo ser, no llegamos a ir porque nos vinieron a avisar que justo el día que estábamos en el hospital por las anginas de mi hijo, las fuerzas represivas tomaron por asalto la quinta y se llevaron a todos, menos a la "prima" Eva, que quedó sólita llorando. Luegofue rescatada por su abuela. No los vimos más, desaparecieron en la oscura noche de los años de plomo y fuego.

Estela Assaf

Recuerdos del golpe

 

 Vengo de un hogar en el que la política se respiraba a diario. Mi papá era un obrero y militante comunista, y desde que mis hermanos y yo éramos pequeños, nos hablaba sobre la Revolución Rusa, la Segunda Guerra Mundial, la Revolución Cubana, las huelgas de las que había sido protagonista y la relación que existía entre pasado y presente.  

 Guardo dos recuerdos muy nítidos de mi infancia: la Masacre de Trelew y el golpe de Estado en Chile. Mi viejo era un hombre al que le costaba expresar sus sentimientos, pero el 22 de agosto de 1972 y el 11 de septiembre del año siguiente, la tristeza que había en su rostro era indisimulable. 

 A mediados de 1974 trajo a casa el libro del periodista Sergio Villegas “Chile-El Estadio”, publicado por la editorial Cartago de Buenos Aires. Con mis escasos once años lo leí de un tirón. La conmoción que me provocó fue enorme. Algo horrible estaba sucediendo en ese país “largo y flaquito” con el que nos unía la cordillera y por primera vez sentí que ese horror podía traspasar las fronteras.   

 Una noche de 1975, mientras la Triple A arrojaba cadáveres por todas partes, los integrantes de la familia nos abocamos a la tarea de vaciar una de las bibliotecas de “don Abraham” y a guardar libros y discos en distintas cajas. Los únicos que quedaron allí eran cuatro tomos forrados en papel araña azul. Eran las Obras Completas de Lenin. Cuando le pregunté a mi papá por qué las dejaba, me respondió: “No sabés el sacrificio que me costó comprarlas”. 

 El 24 de marzo de 1976 me sorprendió a una cuadra de casa, en la parada de colectivo junto a mi hermana y mi hermano. Yo recién empezaba primer año de la escuela Secundaria. Ellos estaban en 4º y 5º. Mi mamá se acercó corriendo a avisarnos que había escuchado en la radio que se suspendían las clases por el golpe.  Muchas veces había sentido miedo a distintas cosas cuando era chiquita, pero esta vez el miedo olía a muerte y duró muchos años. 

 El 22 de agosto de 1977 secuestraron a Tito Messiez, un compañero de militancia de mi papá que conocía mi casa. La palabra desaparecido empezó a pronunciarse en la cotidianeidad de las cuatro paredes, porque afuera estaba prohibido decirla. Le pregunté a mi viejo por qué no se llevaba a otro lado las obras de Lenin. Su respuesta fue tajante: “Tito nunca va a decir adónde vivimos”. Tito sabía muchísimas direcciones, pero eligió callar. Gracias a su silencio pude disfrutar de él hasta sus jóvenes 89 años. 

 Transité la Escuela Secundaria y el Profesorado en el peor momento de la historia del siglo XX, consciente de todo lo que sucedía. La estocada final llegó con la Guerra de Malvinas, cuando varios de mis ex compañeros que habían sido dados de baja en el Servicio Militar fueron movilizados con diferentes destinos. Me sentía una marciana entre tanta gente que estaba exultante como si presenciara un partido de fútbol. 

 Valoro enormemente la lucha que libraron en dictadura y en democracia las Madres, los organismos de derechos humanos y los sobrevivientes; pero también sé que la derrota en las Islas fue la que permitió correrle definitivamente el velo al Estado Terrorista.

 50 años después, con un gobierno que reivindica el genocidio y una parte importante de la sociedad que sigue dispuesta a bancar las barbaridades que se cometen el presente, me aferro a las ideas y los sueños de nuestros 30.000 para continuar la batalla.

  Claudia Abraham

 

Recuerdos de Militancia

 

 Un 2 de enero de 1979, como si fuera regalo de reyes, adolescente, comienzo mi primer trabajo, en un banco cooperativo de tendencia de  izquierda, venía bien para poder sacar a mí familia de la  pobreza. En poco tiempo empecé a simpatizar con mis compañeros,algunos de ellos militantes de larga trayectoria político y    sindical, una generación que luego admiraría. Ese universo me apasionó , aumentó mi sensibilidad social. En algún descanso, café de por medio en la cocina , las charlas sobre política nacional  , internacional, sindical, era el pan nuestro de cada día , y por supuesto el diario Qué Pasa. Así forjé lo que luego sería mi pensamiento ideológico.

 Corría los 80 antes de la guerra de Malvinas, y mí empatía se vio reflejada en mi primer acto en la plaza 25 de Mayo. La concentración contaba con muy poca gente, la mayoría mujeres,nos juntábamos en grupos reducidos, se hablaba bajito, casi no se oía , en ese momento no comprendía bien el por qué  estaba allí, por que la bandera roja de Partido Comunista, la levantaban y la bajaban. Se hablaba de torturas , violaciones, presos, muertos, desapariciones. Me pregunté que pasaba, por qué no  me enteré de nada, en casa siempre la radio y el televisor prendido canal 3 y 5, Por qué los llevaban, por qué tanto horror, por qué  tan poca gente en la plaza .

 Las concentraciones continuaron más seguidas , las movilizaciones , ya no hacía falta que me inviten a participar , la pregunta era, a qué día hora y dónde . Llegó la democracia, el juzgamiento a las juntas militares, también los  levantamientos cara pintadas, la hiperinflación, los saqueos .

 Las marchas cada vez más mulltitudinarias, los cánticos AHORA, AHORA RESULTA INDISPENSABLE,APARICION CON VIDA Y CASTIGO A LOS CULPABLES.

 Fiscalicé para el Frente de Izquierda, 1er diputado troskista de la historia Argentina , Luis Zamora . Punto final y obediencia debida, de nuevo a la calle.

 2011 corralito, viajo a Buenos Aires, para participar de la convocatoria QUE SE VAYAN TODOS, asambleas barriales.

 La lucha continúa , llevo más de 40 años de militante  social. Entre amores y desamores , sigo marchando a veces acompañando a espacios políticos, la mayoría en solitario.

 Mis principios intactos, mi memoria también , porque son 30000 los que dieron la vida por un mundo mejor, así como de adolescente me enamoró la historia del CHe, traté y trato de no desviarme nunca de lo que fuí y soy una militante social de clase trabajadora.

Graciela Gallo

Reivindicar la Amorosidad de los Jóvenes de los 70

 

 Tenía 15 años cuando repare que alrededor mío había mucha gente, muchas/os niñas/os que eran pobres. Que no alcanzaban a tener una buena vida, casa, ropa, comida

 Eran fines de los 60. Había nacido en una dictadura militar y en 1970 seguíamos en dictadura. No sabía lo que era la democracia. Para saberlo y lograrlo decenas de miles de jóvenes creímos fervientemente que debíamos poner nuestra fuerza y voluntad en lograr derrotar tanto autoritarismo y conseguir una patria que fuera igual para todos . Una Patria Socialista en nuestro caso . Principio de 1970 ingresé al PRT. Me sentía muy identificada con su propuesta y acción. Además mí primo "el Petiso Ulla" fue asesinado el 22 de agosto de 1972 en Trelew. Yo quería levantar su bandera. Ame está militancia . Cómo los 30000 y muchos miles más que logramos sobrevivir. Me sentí un ser humano pleno. Dispuesta a dar mí vida si fuera necesario. Porque la indignación por las dictaduras permanentes y la pobreza de la gente, nos hacían revelarnos cada ves más. Puedo decir que sentí muy arraigado la concepción del hombre nuevo.

 Nos vencieron los monstruos criminales asesinos . Pero aún estamos vivos dando testimonio de aquella grandeza humana, de corazón de los jóvenes de los 70. Y con la seguridad de que triunfaremos porque la verdad y la justicia tienen un espíritu superior a la mentira y el crimen. Vivan los 30000. Se multiplicarán y harán realidad el país deseado

Ana Ambrogi

Silencios/trámites de abuela

 

Silencios

 Aprendí rápido el valor del silencio. Fue una tarde-noche de 1978, plena dictadura. Vivía con mis abuelos y mis tíos en una casilla, a unos veinte metros de la vía, sin luz eléctrica ni agua corriente. Mientras dibujaba a la luz del mechero, escuché un ruido, salí al patio y vi a un hombre agazapado entre las malezas. Lo miré y entré corriendo: “¡Hay un tipo escondido!, grité al que me levantaba en brazos, y riendo me dijo al oído: “Callate, si soy Nino, tu papá, vine unos días, nadie debe saber que estoy. ¿Me vas a poder guardar el secreto?”.

 Nos quedamos juntos unos días. Me explicó que “los malos” lo estaban buscando, que debíamos hacer silencio, que yo aprendiera rápido a leer y escribir para mandarle cartas. Así eran las visitas de Nino, mi papá, un militante del prt -erp que para el año 74 se convirtió en desertor del servicio militar para sumarse a una compañía del ‘errepé’.

 Como dije, comprendí en muy poco tiempo el valor que tenía el silencio para entonces, como una forma de salvar la vida y como una respuesta para al menos, las veces que, camino a la escuela, desde ventanas entreabiertas, me nombraron en tono de burlas, la hija de un fugitivo extremista.

Trámites de abuelas

 Una abuela suele imaginarse con anteojos, agujas de tejer, bastón y bolsillos llenos de caramelos. La mía era distinta: tacos, pollera a la rodilla, cartera a mano y cara de alerta y preocupación. Salía muy temprano a “hacer trámites”, según sus propias palabras. Yo tendría unos cinco años y, por fuerza, debía llevarme.

 Recuerdo un cuartito inmundo y oscuro en la entrada de la cárcel de Caseros, 1979. Una mesa chica, una mujer de uniforme que ordenó: “Sáquese toda la ropa o no ingresan”. Mi abuela obedeció en silencio, sin expresión. La misma mujer me señaló: “La menor también”. Ahí sí, mi abuela se alarmó: cara roja, ojos hinchados, lágrimas gruesas y una voz horrorizada: “¡Ella no!” dijo con impotencia.

 Quedamos desnudas, descalzas, en ese piso mojado. Su cartera tirada, la yerba que había comprado con sus pocos pesos, desparramada. Ese día fuimos a visitar a uno de sus hijos, preso político de la dictadura. Era uno más de los trámites que hacía mi abuela…

Petro López

 

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