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Nuestra cultura machista. Por Francisco Ramos
Fecha de Publicación: 03-05-2026
Por Francisco Ramos-FSN-CABA
El simple tema del rol familiar, que está enraizado por generaciones, es muy significativo y construye desde ese núcleo original la repetición viciosa del sistema patriarcal.
Sin meternos en los machismos extremos y violentos, la división del trabajo interna repite la dominación de aquella división internacional que establece: el desarrollo industrial para los países centrales -de productos que debemos importar- y el rol primarizado de una economía extractivista de recursos naturales sin proceso alguno, que la periferia exporta al mundo desarrollado. Esa dominación económica internacional se reproduce hacia el interior de las familias, porque el que trae la plata es el hombre que trabaja afuera y la mujer queda dependiente del dinero administrado por el hombre en el día a día, como una forma de control machista de ese trabajo doméstico nunca remunerado casi esclavo de una "pareja" que no funciona como tal.
La Europa de la Revolución industrial empezó a emplear mujeres porque la naciente burguesía necesitó explotar mano de obra femenina, principalmente en la industria textil, pero ellas al regreso del trabajo debían llegar a casa a cocinar, como aún sigue sucediendo en muchos casos.
Aquí, en la periferia, las duras tareas del campo y los saladeros (primera unidad fabril capitalista de la Colonia) eran abordadas exclusivamente por hombres. Y esa labor fuera de casa, mantenía a la mujer dentro, que se dedicaba a la crianza de los hijos, la limpieza y la cocina como producto más visible de sus tareas.
Durante el siglo XIX hasta la primera mitad del XX eso siguió de esa forma, estableciendo, en esta cultura machista, la cocina como el "lugar" de la mujer. Sólo quedó, fuera de esa lógica, el "asador" como tarea especial de los hombres, como un resabio ancestral gauchesco, pero la olla era de la "china".
En la militancia de la avanzada popular de los 60 y 70, también arrastramos muchos debates y costumbres de aquellos roles diferenciados, recién a partir de las tremendas políticas de desocupación de los noventas, con el "jefe" de las familias 24/7 en la casa y haciendo unas pocas changas, se empezaron a distribuir, por necesidad material, algunas tareas "femeninas".
Pero la cocina sigue siendo territorio femenino, pese a toda la corriente feminista que batalla contra esos roles con gran impulso en estás últimas décadas. En las grandes ciudades, las mujeres que tienen mayor acceso a la instrucción universitaria y laboral, las jóvenes que estudian y trabajan, intentan de esta forma ser independientes económicamente de los padres, primero (tarea muy difícil) y por supuesto, de sus parejas. Pero en los suburbios, en los barrios profundos y pueblos del interior de repiten historias de dependencia femenina ante el trabajo y la billetera machista que repite roles de género que implican una dominación, base de las violencias implícitas y explícitas del macho hacia "su" mujer, como objeto de pertenencia de un extraño cariño tóxico, desde una obscena superioridad que nada tiene que ver con el amor de pareja.
Y en esta cultura machista que no logramos deshacer, hasta la historia lo es, porque la estudiamos y la escribimos hombres para los hombres, y como mucho últimamente esos hombres que escribimos la historia, descubrimos mujeres que hicieron historia y las describimos por separado de los hombres, como una increíble excepción a la regla, porque no había en esos tiempos, desde la colonia hasta ahora, mujeres que investiguen y escriban sobre la historia de mujeres y hombres en cada época. Nuestra historia es una historia machista porque nuestra cultura lo es. Debatir, cuestionar y replantear esos roles de género es parte de la lucha sin genero que debemos librar contra el patriarcado.