• Signos de los tiempos

Fecha de Publicación: 19-04-2026

Por Marta Suarez-FSN-Rosario

 Hace años, más de 20, en un barrio de laburantes, donde la mayoría fueron familias fundadoras del barrio, se habían cimentado lazos de amistad profunda, de solidaridad palpable. Algunos robos rompieron la tranquilidad de la casi monótona vida que llevaban en el vecindario y sonaron varias alarmas. Los robos eran casi incomprensibles. Esperaban a las personas que concurrían al Centro de Jubilados y el botín solía ser la alfombra para hacer yoga. O algún dinero que solo alcanzaba para una botella de agua… En las denuncias, siempre constaba que eran jóvenes, morochos, pobres, quienes cometían el arrebato.

Se dijo que estaban tan perdidos por la droga que podían matar por una alfombrita de gimnasia. Que esa Villa Miseria tan próxima era el semillero de ladrones, donde vivían “ellos” los del bando malo. Y se comenzó tibiamente a esto de ellos y nosotros.

Los vecinos ya no se sentaban en la puerta para la charla comunitaria. El almacén puso rejas en puertas y ventanas atendiendo a los clientes desde la vereda.  Fue copiado el sistema de seguridad por muchas familias. Muchos aprovechaban para hacer los mandados, en los horarios en que las madres iban por los chicos a la escuela, como acompañando, para no estar solos. Al atardecer casi no quedaba  nadie en la calle.

Hubieron robos en los patios de las casas bajas, con jardines al frente. Igualmente ridículos. Una manguera para regar las plantas. Alguna prenda que quedó tendida. Alguna maceta con la planta florecida. Solo anunciaban que habían pasado por ahí. También corrían por los techos aprovechando la cercanía de las casas.

Luego llegaron las balaceras. Las corridas. Un par de jóvenes muertos en la calle, por un tiro certero desde una moto en movimiento. El territorio ya tenía dueño y las reglas de convivencia eran impuestas por ellos, los que manejan el negocio que mata y que no viven en las villas.

Entonces el hartazgo de la vecindad. Las concentraciones en la avenida de ese nosotros que cobraba estado, pidiendo mano dura. Y las fuerzas de seguridad recorren desde entonces los pasillos de la Villa y sus cercanías. Y atropellan derechos. Maltratan a las y los jóvenes. Imponen violencia, pero es para cuidarnos.

Después los mensajes en las puertas de escuelas, después más muertes. Después escolares con armas en la escuela. Y las redes como culpables.

¿El problema es la disputa del territorio, también aquí?

¿Los mensajes en las escuelas es la declaración de pertenencia entre bandas, incorporando la violencia en esa institución primaria y respetada?

No sabemos, deberemos mirar más de cerca parece, sabiendo que dentro del territorio que “dominan” necesitan no solo vendedores y distribuidores sino que nadie se meta, ni ande por la calle. Que se acostumbre la sociedad a esta violencia que aterra, que paraliza.

De esta situación, el estado no está a margen. Aprovecha esta realidad para incrementar el miedo y aparecen las fuerzas de seguridad (a la vista de la población) como los guardianes necesarios. Y naturalizamos que pidan documentos, que maltraten, que hagan ostentación de armas. Porque esto de controlar y reprimir es por nuestro bien.

Se preparan cárceles para adolescentes y adultos, prometiendo infiernos, como solución al problema. Al mismo tiempo, cierran la orquesta juvenil del barrio, y los clubes donde hacer deportes y el centro cultural donde juntarse a ver la vida desde el arte, en comunidad. ¿Será que en vez de mano dura deberíamos pedir más clubes, más escuelas, mas cultura, más arte?