• La legitimidad del odio

Fecha de Publicación: 18-01-2026

Por Koly Bader-FSN-Tucumán

Mucho se ha dicho y se dice del discurso de odio que emana como recurso desde el poder gubernamental en la Argentina. Simulado o real, ese discurso malvado y justificador se transformó en políticas públicas por medio de medidas económicas, desmantelamiento de organismos del Estado que invariablemente eran organismos que intentaban garantizar derechos, y medidas de gobierno como el reciente decreto que redobla las atribuciones represivas del aparato de inteligencia y “seguridad”.

Lo que parece ser una técnica de propaganda que funciona como parte de la ideología justificatoria de las acciones delpoder, disimulando los intereses económicos reales, se derrama sobre la sociedad de tal manera que va fundando la legitimación del odio al poder que es sin dudas un derecho de las víctimas. El odio es legítimo cuando es el resultado del amor a la justicia.

De tal forma funciona el discurso del odio, aun cuando sea simulado enmascarando prosaicos intereses económicos, que va prohijando odio genuino en los sectores sociales que resultan brutalmente atacados. El poder impune va alimentando la ira del desposeído. Cuanto más si la desposesión se produce con el recurso de la violencia armada como vemos en el mundo entero.

Un ejemplo en pequeño de lo que las asimetrías de poder están generando en el planeta y en especial en América Latina. Asimetrías que hasta ahora eran más o menos moderadas por la existencia de algún tipo de equilibrio, siempre asimétrico, por medio de tribunales de justicia, pactos internacionales y contrapesos políticos. Ese mundo desapareció.

Desapareció en Argentina y desapareció en el planeta. Estamos presenciando la desaparición de todo equilibrio, de todo acuerdo internacional, de todo pacto implícito o explícito de convivencia. Argentina lo vive con los autodenominados “libertarios” (curiosamente), Europa con un armamentismo guerrerista de su dirigencia que no se veía desde la Segunda Guerra, y un EEUU que se repliega hacia América Latina para hacer de estas tierras lo que hizo con Medio Oriente. Su pérdida de poder le hace delegar esa parte del mundo a su socio sionista y concentrarse en este continente en la peor situación de un imperio: La pérdida de poder. Su desesperación lo vuelve mucho más violento, desembozado, desplegando el recurso de la fuerza bruta. Y lo sabe, es su último recurso.

Así como no podemos pedirle a un palestino que no odie a Israel, tampoco podremos pedirle a un latino que no odie EEUU. Hoy es Venezuela, por ahora. Pero sabemos que ya están administrando Argentina sin necesidad de helicópteros o Marines. Y sabemos que apuntan a Colombia, Nicaragua, México, Cuba y hasta Groenlandia. Por ahora.

Es claro que hay una población que prefiere renegar de su patria para abrazar la bandera estrellada, tanto porque le conviene por su lugar en la economía, como porque adolece del mal de la “conciencia de esclavo” que se inmola por los intereses del patrón. Pero también es claro que hay quienes nunca abandonaremos la dignidad de recuperar la soberanía.

El imperio nos empuja a una situación de violencia en el continente de la paz. Habrá mucho discurso de mantener la mansedumbre, hablarán de la democracia, del diálogo y muchas otras argumentaciones. La realidad será otra.

El huevo de la serpiente esta empollado y vomita su infamia sea con representantes electorales o bombas. Es el lenguaje del más fuerte, la política de la opresión a ultranza, incluso armada.

El mundo que conocíamos se va derrumbando sin que nazca algún tipo de orden nuevo. Es el momento de los dolores de parto. Largos dolores para América Latina por elección del imperio.

Será la resistencia la que defina que nacerá. Si el monstruo del huevo de la serpiente, o si lograremos embarazar la historia con la lucha y la determinación necesarias para ser libres y continentalmente soberanos.

A no dudarlo el precio será alto, tan alto como lo exige la altura del objetivo. Nos hacen falta hombres y mujeres como los subversivos de mayo, verdaderos libertarios como lo fueron tantos latinoamericanos desde Simón Bolivar para abajo en el mapa.

Ya ofrecimos la otra mejilla (más de una vez), y también está siendo azotada. Y que se sepa, Jesucristo no dijo que hacer después. No hubo enseñanza, no hubo mandato. Es el ejercicio de la libertad lo que determinará esa acción.