• La herencia republicana española

Por Francisco Ramos-FSN-CABA

El maravilloso origen de la vida tiene mucho de azaroso; una extraña dimensión que nadie podría determinar, ni siquiera arriesgar un porcentaje del mismo. Desde la combinación química de tan solo un espermatozoide sobre un millón que se fusiona al óvulo, pasando por las miles de historias previas de dos personas que llegan a conocerse y deciden unirse, a veces ocasionalmente y otras para siempre o, por lo menos, por un tiempo determinado, creando así una familia. Por una de esas opciones sin razón es que estoy ahora contando yo esta historia que no es la mía, sino la de Francisco Ramos Carrión, mi padre, español, casado con Claribel Ferreño, de Buenos Aires, Argentina.

Aquella mañana del otoño francés de 1950, en la costa Mediterránea había dos barcos que zarpaban del puerto de Marsella, uno, hacia México, el otro, el vapor Florida, con destino final, Buenos Aires.

A este último se subió quién sería mi padre, que después de un viaje de 19 días haciendo escala en Río de Janeiro, arribo a Buenos Aires el 19 de septiembre de aquel año, un murcianico del Mar Menor, huyendo de tanta guerra y penurias.

Esta es su historia…

Nacido el 30 de octubre del 14 (año del inicio de la primera gran Guerra Mundial) en el Llano del Beal, un pequeño pueblo minero del Campo de Cartagena, Murcia, en la Costa Cálida del Mediterráneo español, entre Valencia y Andalucía.

Pasó toda su infancia junto a sus cuatro hermanos, tres mujeres y otro varón, en su pueblo natal, hasta que la mina, propiedad de mi abuelo, se secó, un mal día ya no había más minerales que extraer.

Me contaba mi viejo qué a varias familias propietarias les había sucedido lo mismo en aquella época y la gran mayoría había partido hacia otros pueblos y ciudades de España dejando un tendal de deudas y sin pagar a sus obreros. Eso no ocurrió con mi abuelo, esa honestidad de vida que le inculcó a mi viejo, no con meras palabras sino con hechos, marcó su infancia y la mía; el abuelo pago a todos los trabajadores hasta la última peseta y se quedó sin un duro, sin más tesoro que su propia familia y su honestidad. Entonces mi viejo, el pequeño Paquito con 9 o 10 años y la familia entera marcharon a Cartagena con lo puesto, así arrancaron de nuevo los siete, siempre juntos. Con el puerto a pocos metros, mirando ahora al Mar Mayor fue dónde pasó toda su adolescencia y su amor al mar se reafirmó, un amor que desde niño junto a mis tíos, hacía que tomarán El trencito desde el Llano hasta Los Nietos, para pegarse largos baños en aquella enorme laguna salada natural, la más grande de Europa, que imaginé una y mil veces, cuando él me contaba de aquel Mar Menor, dibujado en un papel como una gran bahía cerrada por una lengua de tierra que se llamaba La Manga, que tenía dos o tres pasos hacia el Mar Mayor, el Mediterráneo, y desde muy pequeño me imaginé, alguna vez, vivir a orillas de ese Mar Menor y poder bañarme en las mismas aguas donde se bañaba mi padre de pequeño. Cuestión que pude concretar, como en la serie “Vientos de agua”, en nuestra horrible odisea del 2001.

Su atracción juvenil por los barcos lo decidió a incorporarse a la Marina en el año 1933, embarcando en el buque escuela Galatea, o Glenly como era su original nombre irlandés, la hermosa fragata antecesora al Sebastián El Cano, actual velero de instrucción de la armada española, como nuestra Fragata Libertad.

Luego de tres años de estudio y travesías en el Galatea del 33 al 36 y a punto de egresar, sobreviene el terrible golpe de estado franquista. Para los sectores nacionales y falangistas de la España monárquica, pacata, injusta y conservadora, las reformas del sistema que la Segunda República venía implantando desde el año 1931, eran insoportables.

Entonces mi viejo paso, de aquel hermoso velero de instrucción al destructor Gravina, como jefe de artillería, para lo cual se había capacitado como combatiente de la Armada republicana, luchando durante tres largos años en defensa de la constitución y el sistema legalmente constituido que el pueblo había elegido.

Me contaba mi viejo que después de cada travesía y combates, cuándo volvían al puerto de Cartagena, por las noches y a escondidas, les llevaba comida y otros artículos del barco a su familia; en tierra pasaban más penurias que los embarcados, la falta de productos y el desabastecimiento es una de las horribles consecuencias de la guerra, más allá de las muertes y miles de fosas comunes que aún hoy se están descubriendo.

Contra el enorme apoyo de los brigadistas internacionales y de un pueblo en armas, el ejército de Franco contaba con el apoyo del Estado fascista de Mussolini y la Alemania nazista de Hitler, demasiado para poder vencer.  El 18 de julio del 39 cae la República y las despiadadas fuerzas falangistas inician una terrible época de persecución y terror contra todo y todos los que creían en una España más justa y solidaria.

El Gravina debió huir hacia las costas del norte de África y mi viejo, junto a sus compañeros de armas, cayeron prisioneros en campos de concentración ingleses y alemanes en las ciudades de Túnez, primero y Casablanca, después. Allí paso miserias, tuvo piojos hasta en las cejas y enfermó de paludismo, pero también en las peores condiciones infrahumanas, emergía la solidaridad entre los prisioneros y era normal compartir entre todos, un pedazo de pan conseguido por uno de ellos.

En una oportunidad, para no tener que dormir en el suelo y evitar las picaduras de los escorpiones y otros bichos, se construyeron unos camastros robando los postes de madera qué hacían de límite del campo de concentración hacia la nada misma del desierto; todo esto por supuesto a escondidas de los carceleros obviamente. Uno de los prisioneros que había enloquecido, todas las mañanas se presentaban ante los guardias y tras el saludo militar les decía una cifra, por ejemplo 1875. Al principio no le daban importancia al loquito, pero les llamó la atención qué día a día esa cifra iba decreciendo y así cada vez menos, se preguntaban que significaban esos números que el loco reportaba cada mañana. Fue así que haciendo una recorrida por los límites del campo se dieron cuenta que el loco contaba los postes de madera que cada vez quedaban menos, y en una requisa les destruyeron todos los camastros que habían construido en las barracas.

En otra ocasión venían rumores, que hacían circular a propósito entre los prisioneros, que se podía volver a España, que los prisioneros serían perdonados y tratados bien. Mi padre desconfiaba de esos rumores y pudo escribirle una carta a mi abuelo preguntándole cómo estaba la familia y si había posibilidades de volver. Cómo mi abuelo sabía perfectamente que todas las correspondencias eran abiertas, leídas y vuelta a cerrar, le respondió un mensaje cifrado pero que fue muy claro para mi padre, escribió mi abuelo “por acá todo muy bien, te extrañamos mucho especialmente tu madre que espera ansiosa tu regreso” …mi abuela había muerto años antes. Ese fue el dato que le confirmo a mi padre que retornar no era una buena idea.

Tiempo después se enteraron que aquellos prisioneros que embarcaban para regresar nunca habían llegado; se les aplicaba lo que ellos llamaban la “corona humana” que consistía en lo siguiente, a mitad de camino en medio del mar Mediterráneo el barco empezaba a dar círculos y arrojar vivos al mar a los prisioneros.

Después de dos o tres años de penurias y sufrimiento en los campos de concentración, no sé cómo pudo colarse en un barco con destino a Francia donde se reencontró con su hermano, mi tío Salva, que vivía en las afueras de París habiendo escapando por tierra del terror franquista. Allí se quedó trabajando 6 o 7 años, hasta que en la mañana del 1ro.  de septiembre de 1950 en el puerto de Marsella, en vez de elegir el barco que se dirigía hacia México, por esos azares de la vida, se subió al buque Florida con destino a Buenos Aires, y aquí empezó otra historia.

¡Viva la República!