• El chal

Por Marta Suarez-FSN-Rosario

Mamá me enseñó a tejer cuando yo era muy pequeña, tendría 5 años y recuerdo claramente la tarde en que, sentadas frente a frente, cerca del calentador porque hacía frio, me dio lana, agujas y explicó la mecánica con tanta paciencia. Después de tejer y destejer varias veces, con su ayuda, le hice una mantita para mi muñeco preferido.

Me gustó tejer y lo que comenzó como juego se hizo costumbre y pasó a ser parte de la vida cotidiana. Hacer prendas, verlas terminadas y en uso era un disfrute extra que la vieja me enseñó junto con el punto santa clara.

En la cárcel tejer era una actividad, era crear, era importante. Y a pesar de que nos habían sacado las agujas, en requisas sucesivas, nos ingeniamos para hacer con algunas ramitas recogidas en el patio, algo parecido a unas agujas de crochet y tejíamos.

En una visita mamá me trajo unas madejas de fibra blanca y me pidió un chal. Me dijo que ella podía hacer una rifa y nos traía lo que sacara. ¡¡Genial idea!! Hice el chal pedido lo más rápido que pude y se lo di con mucha alegría. Ella dijo que había vendido todos los números y trajo cigarros y queso y algunas otras cosas que vinieron bien.

Después siguió la vida, y llegó la opción. Nos fuimos a Lima. Luego llegó mamá con Mariana y la vida, ese día, fue una fiesta. Luego del reencuentro, de darnos los abrazos llenos de amor y lágrimas y risas todo mezclado, dijo: “te traje algo”.

Buscó el bolsito de mano y sacó un paquete de papel madera. Me miró con los ojos claros inundados. Era el chal. Había comprado todos los números, dijo. Será un testigo de este tiempo, dijo. Esa era mamá. Amorosa. Generosa.

Inmensa.